Ejercicios Espirituales 1980

Tiana, 3-7 Abril 1980

 

El Padrenuestro

 

Predicador: P. Ginés Fernández del Águila

 

 

Contenido

Introducción_ 3

1ª Meditación. Padre nuestro (1/3). 6

2ª Meditación. Padre nuestro (2/3). 10

3ª Meditación. Padre nuestro (3/3). 14

4ª Meditación . Que estás en los cielos (1/2). 17

5ª Meditación. Que estás en los cielos (2/2). 20

6ª Meditación. Santificado sea tu nombre. 24

7ª Meditación. Venga a nosotros tu Reino. 27

8ª Meditación. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo. 31

9ª Meditación. El pan nuestro de cada día, dánosle hoy. 34

10ª Meditación. Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos. 37

11ª Meditación. No nos dejes caer en la tentación. 40

  

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 Versión para imprimir en formato pdf: 

Parenostre de Fra Odiló Planàs cantado por los monjes de Santa María de Montserrat. (627 KB formato mp3) 

Abreviaturas:

Dichos: Dichos de Luz y amor. San Juan de la Cruz.

Moradas: Las Moradas del Castillo Interior. Santa Teresa de Jesús.

Subida: Subida del Monte Carmelo. San Juan de la Cruz.

 

Formatos de letra utilizados y otras cuestiones.

Fragmentos de la Sagrada Escritura en Georgia y color verde. Citas de otras obras en Georgia y color azul. Notas propias en Lucida console marrón.

El resto está en tipo Arial.

Los números de las meditaciones están puestos finalmente como se predicaron, aunque en nuestras notas la numeración llega a la novena meditación. Nos ha parecido más sencillo así.

Introducción

Leemos en el Evangelio de Mateo:

34 Todo esto dijo Jesús en parábolas a la gente, y nada les hablaba sin parábolas, 35 para que se cumpliese lo dicho por el profeta:

Abriré con parábolas mi boca, publicaré lo que estaba oculto desde la creación del mundo.

36 Entonces despidió a la multitud y se fue a casa. Y se le acercaron sus discípulos diciendo: «Explícanos la parábola de la cizaña del campo.» (Mt 13).

Aquí vemos cómo hemos de venir a los Ejercicios.

·        Despidiendo a la muchedumbre, dejar pensamientos, recuerdos y preocupaciones..

·        Se fue a casa: hemos venido a casa a recogernos con el Señor.

·        A solas: Hay que hacerlos a solas.

El primer paso para la oración: Entrar con Dios dentro de nosotros mismos, recogernos. El Reino de Dios está dentro de mí.

Mas habéis de entender que va mucho de estar a estar; que hay muchas almas que se están en la ronda del castillo (10) que es adonde están los que le guardan, y que no se les da nada de entrar dentro ni saben qué hay en aquel tan precioso lugar ni quién está dentro ni aun qué piezas tiene. Ya habréis oído en algunos libros de oración (11) aconsejar al alma que entre dentro de sí; pues esto mismo es. (Moradas cap. 1,5).

Va mucho de “estar” a “estar”  à Interiorizar en la vida

¿Quién nos ha metido aquí?   à Dios, el Padre

«Oigo en mí como un murmullo de agua viva que dice: Ven al Padre»”. (San Ignacio de Antioquía).

El Padre nos lleva a la soledad a cada uno de nosotros.

«Es difícil ver a Jesús en medio de la muchedumbre; necesitamos la soledad. En la soledad, de hecho, si el alma tiene cuidado, Dios se deja ver. La muchedumbre es ruidosa, para ver a Dios necesitas el silencio» (San Agustín).

A Dios se le ve en cierta soledad buscada.

Descansad un poco, recogeos un poco. Luego volveremos a la pesca.

Por aquellos días, habiendo de nuevo mucha gente y no teniendo qué comer, llama Jesús a sus discípulos y les dice: «Siento compasión de esta gente, porque hace ya tres días que permanecen conmigo y no tienen qué comer. Si los despido en ayunas a sus casas, desfallecerán en el camino, y algunos de ellos han venido de lejos.» (Mc 8)

¿Estamos dispuestos a comer sólo lo que Dios nos ponga?

¡Ojo con la comodidad! ¡Cuántas veces nos vamos a los monasterios a disfrutar unos días y decimos que vamos a hacer Ejercicios!

Aspectos de comodidad: Buena comida, buena habitación, pocas meditaciones, contemplar la naturaleza. Buscar sensaciones, consolaciones, enfervorizaciones. Tengamos espíritu penitente y pobre. Aceptemos sólo “comer” lo que el Señor nos ponga. Lo que el Señor nos dé y como nos lo dé.

Sus discípulos le respondieron: «¿Cómo podrá alguien saciar de pan a éstos aquí en el desierto?» (Mc 8)

Silencio y soledad. En «desierto»: potencias sosegadas, disciplinadas.

Y pienso: "¡Quién me diera alas de paloma
para volar y posarme!
Emigraría lejos,
habitaría en el desierto (Sal 55, 7-8)

El Señor nos ha dado alas. Nuestro interior se parece mucho a un mercado, pero es el templo de Dios convertido en mercado.

La primera lección de Nazareth: el silencio.

Lección de silencio. Renazca en nosotros la valorización del silencio, de esta estupenda e indispensable condición del espíritu; en nosotros, aturdidos por tantos ruidos, tantos estrépitos, tantas voces de nuestra ruidosa e hipersensibilizada vida moderna. Silencio de Nazaret, enséñanos el recogimiento, la interioridad, la aptitud de prestar oídos a las buenas inspiraciones y palabras de los verdaderos maestros; enséñanos la necesidad y el valor de la preparación, del estudio, de la meditación, de la vida personal e interior, de la oración que Dios sólo ve secretamente. (En la visita a la basílica de la Anunciación, Enero de 1964. Pablo VI).[1]

El hombre es dispersión y multiplicidad, y para eso vienen las ‘noches’.

Dice San Juan de la Cruz en Subida (Libro primero, cap. 2, punto 1):

Por tres cosas podemos decir que se llama noche este tránsito que hace el alma a la unión de Dios: La primera, por parte del término [de] donde el alma sale, porque ha de ir careciendo el apetito [del gusto] de todas las cosas del mundo que poseía, en negación de ellas; la cual negación y carencia es como noche para todos los sentidos del hombre. La segunda, por parte del medio o camino por donde ha de ir el alma a esta unión, lo cual es la fe, que es también oscura para el entendimiento como noche. La tercera, por parte del término adonde va, que es Dios, el cual ni más ni menos es noche oscura para el alma en esta vida. Las cuales tres noches han de pasar por el alma, o por mejor decir, el alma por ellas, para venir a la divina unión con Dios.

·        Negarse a todas las cosas del mundo (partida)

·        Oscuridad en el entendimiento: Fe

Estas noches son necesarias para conocer cabalmente a Dios. Creemos que conocemos a Dios, pero el conocimiento que tenemos de Dios es imaginativo, muchas veces nos hemos ido fabricando un Dios antropomórfico. A este Dios le hemos añadido un potenciador matemático y nos hemos quedado tan tranquilos.

El Dios imaginado por nosotros no es el Dios verdadero. Dios es único, insospechado, singular, absolutamente nuevo.

El Dios que hemos imaginado no se parece al Dios de la Revelación. Existe el peligro de imaginarnos a Dios como no es. Entre Dios y el hombre hay una distancia infinita.

Mc 8

Mandó a la gente que se sentara en el suelo …..

Obediencia:  Estar quietos, atentos, disponibles. Renunciar a actuar por sí mismo

Marta, Marta, preocúpate sólo de estar atenta a los pies del Señor. Estar sentados es renunciar al yo, es renunciar a la acción.

Comieron todos hasta hartarse…

Recogimiento: Lo necesitamos para conocernos y liberarnos de nosotros mismos. Sufrimos la tentación de suicidarnos. Nuestro peor enemigo: yo mismo. Nuestra tentación permanente es el orgullo. El orgullo nos ha hecho vivir de nosotros mismos, con nosotros mismos, para nosotros mismos. El orgullo de los espirituales: el apego a la oración cuando se da con consolación, el apego a la paz interior, el apego a la presencia de Dios. Necesitamos constatar nuestro orgullo.

Tomás Merton: Nunca podrás orar plenamente hasta que estés despegado de los placeres de la plegaria.

No hay que apegarse a la consolación.

Necesitamos conocernos para trabajarnos. Necesitamos recogernos para encontrar lo que Dios ha hecho y está dispuesto a hacer por nosotros. ¡Cuántas cosas hubiese hecho por nosotros si le hubiéramos dado vía libre!

Recogernos para volver al origen: volver a aquella condición de niño, de sencillez.

Recogernos para poder abandonarse en Dios.

... Venimos, como Jacob, en la oscuridad, y descansamos con una piedra como almohada, pero cuando nos levantamos de nuevo, y recordamos lo que ha pasado, recordamos que hemos visto una aparición de ángeles, y al Señor que se manifiesta a través de ellos.[2] (Sermons Parochial and Plain, vol 4, #17, by John Henry Newman)

Alegraos, pues, hermanos míos muy amados, por vuestro feliz destino y por la liberalidad de la gracia divina para con vosotros. Alegraos, porque habéis escapado de los múltiples peligros y naufragios de este mundo tan agitado. Alegraos, porque habéis llegado a este puerto escondido, lugar de seguridad y de calma, al cual son muchos los que desean venir, muchos los que incluso llegan a intentarlo, pero sin llegar a él. Muchos también, después de haberlo conseguido, han sido excluidos de él, porque a ninguno de ellos le había sido concedida esta gracia desde lo alto. (De una carta de san Bruno, presbítero, a sus hijos cartujos.)

Recogernos para poder profundizar en la vida, misterio de salvación, de la vida eterna. Para descubrir el hambre que time Dios del hombre, que es lo importante. No sólo que nosotros buscamos  a Dios, sino que Dios nos busca a nosotros desesperadamente.

Recogerse es renunciar a hacer preguntas, aceptar el «fiat».

Recogerse es renunciar a nuestras ideas y propósitos.

6 Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios para que, llegada la ocasión, os ensalce; 7 confiadle todas vuestras preocupaciones, pues él cuida de vosotros. (1P 5)

Nuestro ideal de santidad, quedarnos a solas con Dios.

Silencio:

·        Interior: del corazón, de la imaginación, de los sentidos. Es fundamental.

·        Exterior; disposición previa. El umbral del estado anterior.

·        Es estado de escucha total. El cuerpo debe participar también.

Hay dos clases de silencio.

·        Un silencio de disciplina: no hablar, no dar portazos, etcétera.

·        Y un silencio religioso, el que ayuda al encuentro con Dios.

1ª Meditación. Padre nuestro (1/3).

Cuando le pidieron los apóstoles a Jesús que les enseñara a orar, les dijo:

«Vosotros, pues, orad así:

Padre nuestro que estás en los cielos,
santificado sea tu Nombre;
 10 venga tu Reino;
hágase tu Voluntad
así en la tierra como en el cielo.
11 Nuestro pan cotidiano dánosle hoy;
12 y perdónanos nuestras deudas,
así como nosotros hemos perdonado a nuestros deudores;
13 y no nos dejes caer en tentación,
mas líbranos del mal. (Mt 6)

El hombre vuelve a su origen cuando reza sinceramente el Padrenuestro, cuando lo dice de verdad encuentra su auténtica filiación, humanidad, esencia y existencia, su verdadero rostro de hijo.

Cuando decimos Padre nuestro aceptamos la dependencia. La tentación es liberarnos, actuar según nuestros gustos, no estar atados a nada ni a nadie. Es la manera ideal de aniquilarse. Se da en nuestra vida y es fatal. No cunde entre nosotros el irnos de casa, pero hay en nosotros semillas de independencia y de liberación, y todo se hace más difícil cuanto mayores nos hacemos.

Cuanto más mayores somos, más nos cuesta la obediencia. A más inteligencia, más éxitos, que nos traen la contravirtud. Porque es más difícil la sencillez a medida que nos hacemos viejos. Sólo haciéndonos niños, podemos decir Padre nuestro.

Cada vez somos menos sumisos. Esta ansia de liberarse, de independizarse es la enfermedad del mundo.

El santo es un hombre manejable, casi sin voluntad. No busca nada: es el tapón que tapa cualquier agujero.

Dos movimientos de liberación que seducen al mundo:

·        Marxismo: Pretende liberar al hombre de las estructuras sociales y económicas al que lo tiene sometido el capitalismo. Se consigue en realidad cambiar de amo. En lugar del capital, el amo es el Estado. Da lugar al totalitarismo.

·        Concienciación: Pretende que el propio hombre, reconociendo su ignorancia, su analfabetismo, tome cartas en esta situación en la que vive, intentando liberarse de su ignorancia, de su analfabetismo y participar la política: Se impone la revolución.

Cristo no nos trae la liberación; nos trae la redención, la conversión: muera el hombre viejo y nazca el hombre nuevo.

No se refiere a la construcción de la ciudad terrena, sino del Reino de Dios.

No es cuestión de revoluciones. Se trata de adoptar una actitud en la vida basada en las Bienaventuranzas. Radica en dos cosas:

                     Morir al pecado

                     Vivencia profunda del amor

Hacer realidad permanente que Dios es mi Padre y yo soy su hijo.

El hombre lo es cuando es imagen de Dios:

·        Dejándonos amar por él.

·        Intentar seriamente amar a Dios.

·        Intentar seriamente amar a los hermanos y a los demás, aunque ellos no nos amen.

 

Queridos, amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios, y todo el que ama ha nacido de Dios y conoce a Dios. Quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es Amor. En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene; en que Dios envió al mundo a su Hijo único para que vivamos por medio de él. 10 En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó y nos envió a su Hijo como propiciación por nuestros pecados. 11 Queridos, si Dios nos amó de esta manera, también nosotros debemos amarnos unos a otros. 12 A Dios nadie le ha visto nunca. Si nos amamos unos a otros, Dios permanece en nosotros y su amor ha llegado en nosotros a su plenitud. 13 En esto conocemos que permanecemos en él y él en nosotros: en que nos ha dado de su Espíritu. 14 Y nosotros hemos visto y damos testimonio de que el Padre envió a su Hijo, como Salvador del mundo. 15 Quien confiese que Jesús es el Hijo de Dios, Dios permanece en él y él en Dios. 16 Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. 17 En esto ha llegado el amor a su plenitud con nosotros: en que tengamos confianza en el día del Juicio, pues como él es, así somos nosotros en este mundo. 18 No hay temor en el amor; sino que el amor perfecto expulsa el temor, porque el temor mira el castigo; 19 quien teme no ha llegado a la plenitud en el amor. Nosotros amemos, porque él nos amó primero. 20 Si alguno dice: «Amo a Dios», y aborrece a su hermano, es un mentiroso; pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios a quien no ve. 21 Y hemos recibido de él este mandamiento: quien ama a Dios, ame también a su hermano. (1Jn 4)

 

La humanidad se civiliza, se dignifica, se humaniza y progresa en la medida en que vive ese reconocimiento de la paternidad de Dios. Y reconoce al Padre nuestro.

En la medida que la misma humanidad niega esa paternidad se hacen presentes,

·        la deshumanización,

·        la prostitución de la dignidad humana,

·        la desmoronación.

La Constitución española, con el nombre de Dios borrado, hace imposible todo: «sin mí nada podéis».

Y por el contrario, hay que distinguir siempre entre ciencia verdadera y falsa, entre verdadera y falsa cultura, entre verdadera y falsa civilización. Dos frases para distinguirlas.

Ana en el libro de Samuel:

No multipliquéis palabras altaneras,
 no salga de vuestra boca la arrogancia.
Dios de sabiduría es Yahvé,
 Él juzga las acciones. (1S 2)

Y en el Génesis:

5 Es que Dios sabe muy bien que el día en que comiereis de él, se os abrirán los ojos y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal. (Gn 3,5)

Al científico rebelde le humilla tener que someterse a Dios. Estamos precisamente con un progreso técnico tremendo, y una conculcación de los derechos humanos terrible. Es el ocaso de la sabiduría.

Curso de las ciencias: Teología   à   Filosofía   à   Ciencias experimentales.

Si «decapitamos» el flujo (à), sólo hay civilización, no cultura.

El hombre ha quedado enquistado en:

·        Racionalismo: adoración del yo, de la vida intelectual del hombre. La forma más alta de idolatría.

·        Paganismo (neo): adoración de las cosas exteriores; culto al no-yo del hombre. La forma más bastarda de la idolatría.

·        Panteísmo: Se unen los anteriores. Es el error en forma suprema. El cúmulo de la nada.

Se sustituye la paternidad de Dios por el yo y el no-yo. «El que se salva sabe, y el que no, no sabe nada.» (Santa Teresa).

Sólo cuando los hijos dicen Padre nuestro y reconocen a Dios como padre es posible el «comunicantes», la verdadera sociedad.

El drama de nuestra sociedad es que quiere hacer de los hombres una fraternidad, sin ninguna paternidad. Y el mismo error al revés: reconocer al Padre y no reconocer a los hijos.

Decimos en la liturgia: «Fieles a la recomendación del Señor y siguiendo su divina enseñanza, nos atrevemos a decir…» Somos tan atrevidos que caemos en la hipocresía de decir Padre nuestro y luego quedarnos tan tranquilos.

Todos nuestros encuentros debe tener un motivo único: el amor.

Esa frialdad, indiferencia, desamor en el santo sacrificio de la Misa para con nuestros hermanos, es increíble. ¿Y en la Reunión de Grupo?

«35 En esto conocerán todos que sois discípulos míos: si os tenéis amor los unos a los otros.» (Jn 13).

No dijo en que me amáis a mí. Fácilmente damos como realidad nuestro amor a Dios, pero el amor a los hermanos evidencia la verdad.

Somos «pájaros de vuelo corto»  y nuestro amor es igual de corto. Como las codornices. Cuando volamos, con vuelo corto. Más que volar, rastreamos.

En las comunidades, al principio todo fluye con suavidad, normalidad e interés: es la luna de miel,  etapa en que coinciden egoísmos e intereses. Luego, con el tiempo, no coincidirán sino que se van a a contraponer, y surgirá el problema. Luego va a venir el trabajo de comunión y ese trabajo sólo lo puede hacer el amor.

Hay que amar a los hermanos como Dios les ama. (¡Qué atrevimiento del Señor, pedirnos eso!)

¿Por qué lo pidió el Señor? En el Antiguo Testamento nos pide que amemos al prójimo como a nosotros mismos. No nos amamos a nosotros mismos y no sabemos amarnos a nosotros mismos. Muchas veces nos odiamos. En este juego del amor, nunca ha llegado uno a la cumbre. El amor tiende al infinito. Un amor sin tendencia al amor infinito no es verdadero amor:

Éste es mi mandamiento: amaos unos a otros como yo os he amado. (Jn 15,12).

Dios nos ama con amor de Padre, gratuitamente, sin sentido de reciprocidad. Sin sentido de reciprocidad es como nos aman las flores: vierten hacia nosotros todo lo suyo y luego fenecen. Pero nosotros amamos a los que nos aman, a los que nos resultan simpáticos. No podemos encerrar el amor en la Reunión de Grupo y en la familia. Seamos capaces de amar a la Ultreya, a los vecinos, a los hombres.

El amor terminó crucificado. Recibiendo indiferencia sin menguar el amor, siendo como los senderos:

“Quiero ser como el camino, que ahora se utiliza y luego se abandona.”

La crucifixión es el camino del amor.

14 Nosotros sabemos que hemos pasado de la muerte a la vida, porque amamos a los hermanos. Quien no ama permanece en la muerte. (1Jn 3,14).

No podemos decir «Padre nuestro» y quedarnos solos. Reunidos, pero solos. Dialogantes pero solos. En RG pero solos. En mucho llamarnos hermanos y en el fondo encontrarse solos.  Es una soledad terrible la que se vive estando acompañado.

17 Al dar estas disposiciones, no os alabo, porque vuestras reuniones son más para mal que para bien. 18 Pues, ante todo, oigo que, al reuniros en la asamblea, hay entre vosotros divisiones, y lo creo en parte. 19 Desde luego, tiene que haber entre vosotros disensiones, para que se ponga de manifiesto quiénes son los auténticos entre vosotros. 20 Cuando os reunís, pues, en común, eso  no es comer la cena del Señor; 21 porque cada uno come primero su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro se embriaga. (1Co 11).

Cómo nos devoramos entre nosotros. No de forma cruenta y escandalosa como en el circo, sino con ausencias, indiferencias, frialdades, críticas (“inocentes”), murmuraciones, exigencias, imposiciones, marginaciones, desplantes, insensibilidades, egoísmos. ¡Qué difícil es poder convivir! Aun con la familia querida. No es posible la convivencia si no es a base de verter grandes caudales de virtud. La comunidad sólo come virtud.

Nos atrevemos a decir Padre nuestro, pero vivimos silencios diplomáticos que llevan al cisma y la desunión, que jamás crearon comunión. En nuestro rincón, solos, con calor, esperando oír «¡segundos fuera!» No es de extrañar el que captemos la frialdad en la santa Misa, en la Reunión de Grupo, en la oración comunitaria.

14 ¿De qué sirve, hermanos míos, que alguien diga: «Tengo fe», si no tiene obras? ¿Acaso podrá salvarle la fe? 15 Si un hermano o una hermana están desnudos y carecen del sustento diario, 16 y alguno de vosotros les dice: «Id en paz, calentaos y hartaos», pero no les dais lo necesario para el cuerpo (St 2).

No sólo de pan vive el hombre. Aplicar el texto a todas las necesidades del hombre que no son sólo las corporales.

¿Cómo nos relacionaríamos en la persecución sangrienta? Estamos en la guerra que mata las almas y cunde entre nosotros la frialdad, la indiferencia, el desamor. Pedro abronca a Ananías por las retenciones injustas en los Hechos:

3 Pedro le dijo: «Ananías, ¿cómo es que Satanás se adueñó de tu corazón para mentir al Espíritu Santo y quedarte con parte del precio del campo? 4 ¿Es que no era tuyo mientras lo tenías, y, una vez vendido, no podías disponer del precio? ¿Por qué determinaste en tu corazón hacer esto? No has mentido a los hombres, sino a Dios.» 5 Al oír Ananías estas palabras, cayó y expiró. Y un gran temor se apoderó de todos cuantos lo oyeron. (Hch 5).

Nuestras injustas «retenciones»:

·        Aquella sonrisa agradecida que no hicimos.

·        Aquella palabra estimulante que no pronunciamos.

·        Aquella palmada de aliento en el hombro que no dimos.

·        Aquella mirada benévola que no dimos.

¿Cuántas veces en la vida? ¿Por qué guardaste silencio? En la Reunión de Grupo, en la Ultreya, al Consiliario, a la esposa, a los compañeros de trabajo.

Esto ha sembrado nuestras vidas de desamor y apatías, distanciamientos, frialdades, olvidos. Como en aquella canción:

Nadie me ama.
Nadie me quiere.
Nadie me llama.
Nadie me es fiel.

Triste es mi vida, sin un cariño.
Lloro en silencio, mi desventura.

Voy por el mundo cruel, de fracaso en fracaso.
Y abro la puerta del cielo,
que nunca traspaso.

Quizá diremos en los atardeceres de la vida: «En la Reunión de Grupo no me comprenden.» En el fondo, vivimos de alguna forma este drama. Y solo lo superaremos viviendo en Dios.

Corazones fríos, enfermos, muertos. Todo lo que vivimos es tan inestable por falta de autenticidad.

Necesitamos recibir el Espíritu Santo para poder decir «Padre», y que surja en nosotros nuestra condición de hijos y sea posible el milagro de la fraternidad.

2ª Meditación. Padre nuestro (2/3).

Leemos en Juan 17, 25:

Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado.

26 Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer

Dar a conocer el nombre es como decir «les he descubierto quien eres tú».

Decía Tertuliano:

“La expresión Padre nuestro es la síntesis de todo el Evangelio.”

Y Voltaire:

“Dios ha hecho al hombre a su imagen y semejanza y el hombre a su vez ha hecho a Dios a su imagen y semejanza”

Nuestro Dios no es el Dios imaginado. Es el Dios revelado. No es el resultado de nuestra imaginación: ese es el fabricado por el hombre, una especie de Júpiter. Hemos hecho a Dios a nuestra imagen y semejanza; eso es como un ídolo a medida de nuestras miserias e imaginación.

Hay que trascender a la razón y por la fe llegar al Dios revelado.

No nos vale el forjado al dictado de nuestra miseria, porque ese Dios es muy poco amable. ¿Cómo vamos a seguirle a donde él diga, si nos lo hemos imaginado nosotros? El Dios verdadero enloquece al hombre, lo arrastra; los santos han seguido al Dios verdadero.

Nuestro Dios es:  (el forjado por nosotros)

·        Lejano, distraído, un poco frío.

·        Rencoroso, bastante regañón.

·        Hipersensible (cazador de pecadores ≠ oveja perdida), vive en un castillo celestial, difícil de acceder a él, donde hay unas mazmorras infernales, donde normalmente vamos a caer los hombres, aunque algunos se salvan y van a las habitaciones donde habita ese Dios.

Resulta poco amable nuestra imagen de Dios.

El mandamiento más avasallado es el primero, siendo Dios infinitamente amable. Sólo se entiende esto cuando se entiende el pecado.

Es una imagen poco favorable y por eso no le seguimos con fuerza.

La Revelación nos dice:

·        No es como nosotros.

·        Ni como nosotros lo imaginamos.

Más bien, como dice la Escritura: lo que ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó, lo que Dios preparó para los que lo aman (1Co 2)

Lo que Dios ha preparado es él mismo: el cielo, el seno de la Trinidad Santísima. ¿Qué más podía haber hecho Dios que no haya hecho ya?

16 El pueblo que habitaba en tinieblas
ha visto una gran luz;
a los que habitaban en paraje de sombras de muerte
una luz les ha amanecido. (Mt 4).

Necesitamos contemplación, oración quieta, para ir recibiendo las comunicaciones divinas que nos vayan dando la auténtica imagen de Dios. En la contemplación podemos ir conociendo a Dios con su verdadero rostro como los santos lo han conocido. No nos sirven nuestra imaginación ni nuestros sentimientos ni nuestros juicios. Así comprenderemos a los santos y sus disparates. Al padre Damián con sus leprosos, por ejemplo.

Muéstranos, Señor, tu rostro. El rostro define a las personas, la verdadera imagen y realidad. Hemos de desmontar el Dios preconcebido y llegar al Dios eterno y verdadero.

Toda la Historia de la humanidad radica en este error. Adán pecó porque no conocía bien a Dios; se hizo una idea falsa de Dios. Es imposible conocer a Dios como es y pecar. Adán creyó que Dios era  independiente, autónomo, suficiente. Estas «virtudes» son las que nos apasionan.

Independiente: hay el grosero y el educadísimo, que hace lo que le da la gana. Esto es cuestión de vida o muerte para nosotros.

Autonomía: yo, mi, me, conmigo.

Suficiencia: tener dinero para ser «independiente». ¡Cuántos hemos soñado con una isla en el Pacífico!

Dios es todo lo contrario: Dios es amor, y perdió por ello la independencia.

pero no simplemente amor sino amor-ternura:

Pero ¿acaso una madre olvida o deja de amar a su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré. (Is 49, 15).

Dios es:

·        Efusión infinita de sí: el bien es difusivo de sí mismo por eso precisamente.

·        Infinita complacencia en otros: «jugando por el orbe de su tierra; y mis delicias están con los hijos de los hombres.» (Pr 8,31).

·        Unión indisoluble à fidelidad. Dios es fiel. Se lee desde el principio en el Antiguo Testamento. Una fidelidad tal que incluso le fue fiel a Judas. Y en el último instante, al besar Judas a Cristo le dice: «Amigo, ¿con un beso entregas a tu a maestro?» La expresión «Amigo» usada en la escritura es eminentemente entrañable en arameo.

·        Dependencia.

Es todo esto hasta la muerte, y una muerte de cruz. Nos amó hasta el extremo: infinitamente. Adán se hizo una idea falsa de Dios. ¿Qué es la vida de pecado?

La vida de pecado nace de esa concepción errónea de Dios, en imitar a Adán; hacerse independiente, autocomplaciente, suficiente y autónomo.

Y eso lo vemos, de pequeños con las «plantás», de mayores con el «a mí no me tose ni mi padre».

Es hacerse «libre», solitario, exclusivo. Nuestras relaciones de amistad y fraternidad están condicionadas: «seremos amigos si no me pisas», por ejemplo, si no me criticas. Me da miedo nuestra comunión. Porque se nos va de las manos. Y hemos de estar creando continuamente el amor de Dios y de los hermanos. El  orgullo nos endurece. Por ejemplo esos matrimonios jóvenes a punto de separarse. El pecado nació porque «queríamos ser como Dios» como el Dios imaginado.

¿Quién piensa en Dios como en su padre de verdad?. Es fácil quedarnos en el enunciado del dogma. La Fe conduce no al enunciado del dogma, sino a su realidad. Hemos de ir a la realidad que expresa. Dios es mi padre. ¿Quién piensa así de verdad? Los paganos no concibieron a Dios como padre. Ni el pueblo de Israel. El significado de padre es del Pueblo de Dios, no de cada uno. Sólo la fe nos puede llevar a ese descubrimiento. La fe que nos trajo Cristo.

Decimos que Dios es mi padre casi como si dijésemos que París es la capital de Francia. Lo decimos muchas veces y constatamos luego:

·        Una impasibilidad operativa.

·        Una irresponsabilidad enorme.

·        Una convicción filtrada de apatía, inoperante.

·        No experimento emoción alguna.

·        No experimento una gran alegría, gozo, pasión de amor.

·        Me quedo en el enunciado del dogma.

Hay una cierta alegría, pero no locura. Y es como para morirse de ternura, de agradecimiento:

35 ¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, 36 como dice la Escritura: Por tu causa somos muertos todo el día; tratados como ovejas destinadas al matadero. 37 Pero en todo esto salimos más que vencedores gracias a aquel que nos amó.

38 Pues estoy seguro de que ni la muerte ni la vida ni los ángeles ni los principados ni lo presente ni lo futuro ni las potestades 39 ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro. (Rm 8).

Dice A. Frossard:

Nunca me he acostumbrado a la existencia de Dios”.

No podemos acostumbrarnos a llamar a Dios ‘padre’.

¿Qué es ser padre?

·        Es una iniciativa de amor: es siempre del padre la iniciativa. Los auténticos hijos, no nacen por «descuido», porque son amados antes de que existan.

·        Es darse sin fin. Hasta tal punto es darse que el padre se desvive por darse. Su necesidad vital es darse. No termina nunca jamás, ni en la eternidad.

·        Es amar a alguien antes de que exista.

·        Es amar a alguien antes de que nos lo pida.

 “… mas la prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros. (Rm 5,8).

¿Qué garantía tiene un padre de ser amado? —Amaré tanto, tanto, tanto, que creo que acabará amándome, me desviviré, sufriré, le perdonaré.

Sólo el amor es creador. Amar a un ser es creer y esperar en él siempre. Hijos que se van de casa, porque no se sienten amados… Yo no reniego de ti. Yo espero en ti. Siempre. Esta es la palabra clave, definitiva. Si no existe el siempre, no puede ser el amor.

Amar a un ser es excitar en él a un ser escondido y mudo (el niño que se resiste a morir). Dios nos ama fielmente, siempre.

Nos ama con paciencia infinita. A los pecadores mayores y menores. Dios no puede renegar y olvidarse de nosotros.

31 Si sus hijos abandonan mi ley,
 si no viven según mis normas,
32 si profanan mis preceptos
 y no observan mis mandatos,
33 castigaré su rebelión con vara,
 sus culpas a latigazos,
34 pero no retiraré mi amor,
 no fallaré en mi lealtad.
35 Mi alianza no violaré,
 no me retractaré de lo dicho; (Sal 89).

En cambio el hombre es capaz de vivir sin Dios. Dios no es capaz de vivir sin el hombre, una vez creado.

Dios es mi padre. Es nuestro padre. Dios es nuestro padre porque es mi padre. De cada uno. La revelación que Cristo nos trae de Dios es impresionante. El Dios del Antiguo Testamento no es el Dios completo, lo más íntimo de Dios quedó reservado para decirlo Cristo. Lo que resalta en el Antiguo Testamento son los atributos de grandes, de realeza, de poder:

Hijos de Dios, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
postraos ante el Señor en el atrio sagrado.

La voz del Señor sobre las aguas,
el Dios de la gloria ha tronado,
el Señor sobre las aguas torrenciales.

La voz del Señor es potente,
la voz del Señor es magnífica,
la voz del Señor descuaja los cedros,
el Señor descuaja los cedros del Líbano.

Hace brincar al Líbano como un novillo,
al Sarión como a una cría de búfalo.

La voz del Señor lanza llamas de fuego,
la voz del Señor sacude el desierto,
el Señor sacude el desierto de Cadés.

La voz del Señor retuerce los robles,
el Señor descorteza las selvas.
En su templo un grito unánime: "¡Gloria!"

El Señor se sienta por encima del aguacero,
el Señor se sienta como rey eterno.
El Señor da fuerza a su pueblo,
El Señor bendice a su pueblo con la paz. (Sal 28).

Y en el cap. 19 del libro del Éxodo:

23 Moisés respondió a Yahvé: «El pueblo no podrá subir al monte Sinaí, porque nos has advertido, diciendo: Señala un límite alrededor del monte y decláralo sagrado.» 24 Yahvé le dijo: «Anda, baja, y luego subes con Aarón; pero los sacerdotes y el pueblo no traspasarán las lindes para subir hacia Yahvé, a fin de que él no irrumpa contra ellos.»

Toda esa grandeza se da a nosotros como padre. Todo amor.

Pero el Dios que revela Cristo no es ese de Moisés, sino el padre (abba, papá).

“Yo les he revelado tu nombre” (Cfr Jn 17,6).

No es padre nuestro de forma simple, es de cada uno y por eso es de todos nosotros. No es padre por ser paternal ni porque seamos hijos adoptivos.

4 por medio de las cuales nos han sido concedidas las preciosas y sublimes promesas, para que por ellas os hicierais partícipes de la naturaleza divina, huyendo de la corrupción que hay en el mundo por la concupiscencia. (2P 1).

Es padre porque somos partícipes de la naturaleza divina. Es padre nuestro si vivimos en la gracia. Es realmente padre cuando le aceptamos por la vida de la gracia.

Mirad qué amor nos ha tenido el Padre para llamarnos hijos de Dios, pues ¡lo somos!. El mundo no nos conoce porque no le conoció a él. (1Jn 3).

3ª Meditación. Padre nuestro (3/3).

Recordamos:

Padre justo, el mundo no te ha conocido, pero yo te he conocido y éstos han conocido que tú me has enviado.

26 Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer  (Jn 17,25)

Dios es mi Padre, no solo nuestro. Pero también es nuestro.

Al pronunciar la palabra Padre tenemos dos peligros:

·        Difuminar Padre en el nosotros

·        Enquistar Padre en el mío, que no transciende.

Dios quiere ser llamado Padre nuestro porque el Señor revela una nueva dimensión, una dimensión de fraternidad, de familia. Por eso dice:

40 Y el Rey les dirá: «En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis.» (Mt 25).

Dios se ha ocultado, encarnado en el hombre. Al poner su vida en nosotros, ha puesto nuestra vida en su vida. Y así se produce la transformación. Porque vivimos en Él, somos una familia constituida en Dios.

Porque somos una familia, una fraternidad; el mandamiento nuevo es la única regla de juego válida.  Ya no cabe otro lenguaje. La exigencia del amor y del amor a lo divino. Consecuencias: «Ya no cae un cabello de nuestra cabeza sin permiso del Padre.» Es una amor infinito el que nos ama y nos contempla.

La paternidad de Dios es tan inefable, tan grande, tan amor, que el Señor ha querido que de alguna manera se pueda vivir en lo humano.

La paternidad de Dios se ha hecho también de alguna manera humana, pues la paternidad humana es como una sombra, pero ya es punto de apoyo para intentar comprender un poco más lo que es la paternidad de Dios.

«Cuando llegué a ser padre, fue cuando comprendí lo que podía llegar a ser Dios.» Decía Balzac.

La verdadera paternidad no es la física, es la espiritual, sobrenatural y divina. Las demás paternidades y maternidades son mero reflejo.

Lo propio de la paternidad es darse, entregarse. Según la revelación, el Padre tiene toda su felicidad y atención en el Hijo (y ese amor es el Espíritu Santo).

16 Una vez bautizado Jesús, salió luego del agua; y en esto se abrieron los cielos y vio al Espíritu de Dios que bajaba como una paloma y venía sobre él. 17 Y una voz que salía de los cielos decía: «Este es mi Hijo amado, en quien me complazco.» (Mt 3)

El Padre amó tanto al mundo (a cada uno de nosotros) que le entregó lo más que podía dar: a su Hijo unigénito: Así se nos da el Padre en el Hijo. («El Padre y yo somos una misma cosa» Jn 10, 22).

No buscó un sustituto. Se nos dio a sí mismo para redimirnos.

La iniciativa de la Redención parte del Padre. Cristo es el enviado del Padre.

Jesús les respondió: «Si Dios fuera vuestro Padre, me amaríais a mí, porque yo he salido y vengo de Dios; no he venido por mi cuenta, sino que él me ha enviado.” (Jn 8,42).

¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? Las palabras que os digo, no las digo por mi cuenta; el Padre que permanece en mí es el que realiza las obras. (Jn 14,10).

El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. (Jn 14,9).

Dios se ha hecho hombre para hacerse misericordia, no para hacer obras de misericordia. La misericordia es el Verbo encarnado.

Por eso tuvo que asemejarse en todo [Jesús] a sus hermanos, para ser misericordioso y Sumo Sacerdote fiel en lo que toca a Dios, en orden a expiar los pecados del pueblo. (Hb 2,17).

Confrontar lo relatado en el capítulo cinco de Hebreos y en las parábolas de la misericordia de Lucas 15, la oveja perdida, el dracma perdido, culminando con la del hijo pródigo.

Jesús vino para mostrarnos al Padre, para decirnos que tenemos Padre y cómo es el Padre y qué es el Padre.

Para familiarizarnos con el Padre hay que contemplar el padre de la parábola del hijo pródigo. Es un padre con entrañas de madre. Para que tengamos confianza con el Padre.

Y Jesucristo vino para hacernos hijos del Padre. No solo somos llamados hijos de Dios, además lo somos.

Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar.

He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo. Tuyos eran y tú me los has dado; y han guardado tu Palabra. Ahora ya saben que todo lo que me has dado viene de ti; (Jn 17).

Jesús vino para que tengamos fe en Él y en el Padre.

“Si creéis en Dios, creed también en mí”. (Jn 14, 1).

La fe es una comunicación del  conocimiento que Cristo tiene de su Padre. En el Nuevo Testamento Dios se ha manifestado en Jesucristo y nos ha manifestado dos intimidades: la divina, la de las relaciones trinitarias por la que nos ha manifestado que es Padre, Hijo y Espíritu Santo y la intimidad que Dios quiere tener con el hombre con quien quiere mantenerr también las mismas relaciones:

Paternidad, Filiación y Amor: esto jamás podría haberlo imaginado nadie, es misterio de la locura de amor de Dios.

Dios quiere tener una intimidad con el hombre como vive la realidad Trinitaria

Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de vida,
—pues la Vida se manifestó, y nosotros la hemos visto y damos testimonio y os anunciamos la Vida eterna, que estaba vuelta hacia el Padre y que se nos manifestó— lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros. Y nosotros estamos en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo. Os escribimos esto para que nuestro gozo sea completo. (1Jn 1,1-4).

Por tanto, la fe es una experiencia de Dios, tal como Dios es. Porque es tal como Cristo la tiene. Aunque en nosotros se produce de forma gradual.

Al ser injertados en Cristo, nos ha puesto en comunión con la vida divina y hemos recibido la vida divina. Que es vida de gracia, de fe y de conocimiento de Dios.

Este mundo de Dios es también el mundo de María, de los ángeles. Es un mundo que desconocemos pero que conocemos por revelación, los ángeles, los santos, los difuntos.

El mundo moderno tiene un inconveniente gravísimo para la fe, que es el hiper-racionalismo. El mundo de Dios no puede alcanzarse con la razón. Y otro inconveniente, el ser avasallados por las preocupaciones temporales, de bienestar, etcétera.

Cuando nos entregamos a los negocios del siglo desmedidamente después vamos a la oración con aridez. El hiper-temporalismo limita.

Somos los testigos de este mundo invisible: esta es nuestra responsabilidad. A los hombres los distingue la raza, el dinero, lo político. Al cristiano lo distingue la fe que es principio de incompatibilidad con el mundo.

La fe es un planteamiento y realización de la vida, absolutamente distinto al del mundo. Por ejemplo, en la organización de nuestra vida, hacemos un montaje de nuestra vida de cada día que está hecho más al dictado de los usos, afanes ambiciones de los hombres que al dictado de la fe, y nos encontramos con los mismos problemas que el mundo: no tenemos tiempo para nada, quizá ni para Dios. Si vivimos según la fe, quizá debiéramos vivir más pobremente.

Cristo el camino para ir al Padre.

No todo lo que se enseña por ahí como Cristo, es Cristo. El Cristo verdadero, el único, es el camino. Hay otros cristos que no son Cristo, por ejemplo el Superstar. El gran problema va a ser tener que predicar al Dios crucificado, que no le gusta a nadie. Escándalo y locura.

Quieren sustituir a Cristo. Presentan a Jesús sólo hombre. Puede servir para distraer a los hombres del verdadero Jesucristo. No aparece la divinidad por ninguna parte. Predica la liberación social y política, reducido antropomórficamente. No es sólo hombre. Cristo no es líder, sabio, oprimido,…

«El dogma es definible en todo tiempo: ideal fuera de todo tiempo». (G. K. Chesterton).

La verdad no pertenece al tiempo. Un hombre que lee el Nuevo Testamento sinceramente, no puede tener la sensación de ese Cristo humano que nos quieren pintar ahora, de esos cristos nada más que humanos.

La vida de Cristo no es errante. En su vida hay un designio, un propósito y objeto concreto y claro: morir. La muerte es la razón de su vida. Ha venido a morir.

Hoy se minimiza a Cristo, su obra, su sacrificio. Hoy se pretende ver en ella (en su muerte) la muerte del pobre, del inocente, del avasallado en este mundo, pero el sacrificio de Cristo no significa eso. Es exclusivamente un profundo misterio para la divinización del hombre: el precio exigido por el Padre. Muere para que el hombre sea Dios.

Jesús sufrió la muerte, ignominia, etcétera, por su condición de Mesías, porque es voluntad del Padre. Se lo recordó a los de Emaús, después de las profecías:

«¿No era preciso que el Mesías padeciese esto y entrase en su gloria?» (Lc 24,26).

Se burlaron de él en la Pasión porque era el Mesías, porque era rey de reyes, porque era profeta. Era el pago que debía pagar para la divinización del hombre.

Con la Cruz, se acaban los sacrificios del Antiguo Testamento, empieza la liturgia definitiva, hay un solo Sacerdote, y una única víctima.

Se minimiza el sacrificio de Cristo. No es la encarnación del dolor y la injusticia solamente, es el pago impuesto por el Padre para la salvación del hombre.

Nuestra presencia en el mundo, debe tener dos características:

·        Testigo de un mundo invisible, misterioso, inefable.

·        Ciudadanos de ese mundo.

Se resume ese mundo en dos relaciones:

·        Dios es mi padre

·        Dios me ha hecho hijo suyo.

El camino para ir al Padre es Cristo. No hay otro.

4ª Meditación . Que estás en los cielos (1/2).

Trataremos del camino del cielo solamente. Debería hablarse del cielo, y del camino del cielo. Pero no podemos hablar del cielo porque nos quedaríamos cortos: «Ni ojo vio, ni oído oyó…»

Dios está en lo alto, es decir, en el amor.

Nosotros estamos en lo bajo, o sea, en el desamor, en el egoísmo. Para llegar a Él tiene que haber necesariamente una ascensión, un camino de ascensión. El camino que lleva al Reino de los cielos es estrecho y empinado. Lo dice Jesús.

13 «Entrad por la entrada estrecha; porque ancha es la entrada y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; 14 mas ¡qué estrecha la entrada y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que lo encuentran. (Mt 7).

El camino del cielo es el camino del amor ==> estrecho y empinado. Dice el catecismo que «Dios está en el cielo, en la tierra y en todo lugar: Dios es inmenso». En la vigilia y en lel sueño, en el día y en la noche, en la naturaleza, en ricos y pobres, en todas partes.

Por eso cantamos «Bendecid obras del Señor al Señor…» (Dn 3,57). Y rezamos en el Sal 138:

Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;

si vuelo hasta el margen de la aurora,
si emigro hasta el confín del mar,
allí me alcanzará tu izquierda,
me agarrará tu derecha.

Nos envuelve como la atmósfera. Podríamos decir que lo respiramos. Está en cada lugar de mi ser. El alma está toda entera en cada una de las partes de nuestro cuerpo, en cada una de las células. Así Dios también. Soy pura presencia de Dios.

Dios es trascendente  =  Dios lo llena todo.

Dios es inmanente      =  Dios me llena todo.

Dios lo abarca todo y no se identifica con nada.

El cielo significa lo virtuoso estable y lo virtuoso inmenso, infinito.

Del cielo viene el amor, la luz, la fecundidad virtuosa, todo lo que dignifica y santifica.

Jesús tenía mucha costumbre de mirar al cielo. Que no es físicamente, pero lo expresa así, porque necesitamos una solución «física».

Cristo, antes de realizar cada milagro: «..levantando los ojos al cielo... » Y también dirá: «…si sois de arriba, buscad las cosas de arriba…».

Del cielo viene el justo, la justicia. Del cielo viene la vida, la vida de la gracia, la vida natural y la vida divina. Del abismo viene la Crápula, la corrupción y la muerte, lo que envilece y rebaja.

«Que estás en los cielos»,  no significa que estás lejos y yo tengo que alcanzarte. No significa que estás distraído y yo tengo que atraerte, interesarte. No quiere decir que estás frio, olvidado, y yo he de interesarte.

La religión pagana es el compendio de todo lo que el hombre hace por dios. Esfuerzo desesperado por conseguir a ese dios. No tiene alegría. No hay amor. Dios es el centro de los esfuerzos del hombre. El hombre debe esforzarse por alcanzar a Dios. Un esfuerzo desesperado por conseguir ese Dios lejano, olvidado. Y se caracteriza por una tristeza inmensa. No tiene alegría porque no tiene amor.

Nuestra religión: lo que menos importa es la aportación humana. Lo importante es lo que Dios hace por nosotros, lo que ha hecho, lo que está haciendo y lo que quiere hacer por nosotros en el tiempo y en la eternidad. Cosas inauditas: la Encarnación, Pasión y Crucifixión, Resurrección, la Eucaristía, perpetuación en el tiempo y en el espacio del sacrificio. Los Sacramentos, siete señores sacramentos. La Oración. Todo lo ha hecho por y para nosotros. Santo Tomás dice que la pasión de Cristo es mía como de Cristo. Dice que la pasión de Cristo nosotros l apodemos presentar al Padre como si fuera tan nuestra como lo es de Cristo. Todo lo que el Señor ha hecho, lo ha hecho por y para nosotros.

La oración: lo importante es que Dios escucha y habla. Aquí es Dios el que busca al hombre. Hasta tal grado busca, que se encarnó. El es pastor que busca la oveja perdida. Es el padre del hijo pródigo. Nosotros empezamos a buscarlo cuando ya lo hemos encontrado. Es Dios quien puja por entrar en nuestra vida, por ser Él nuestra vida. Por eso dice san Pablo «y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí.» (Ga 2,20). No somos mejores que los paganos, el que es mejor es nuestro Dios.


¿Por qué han de decir las naciones:
«Dónde está su Dios?»

Nuestro Dios está en el cielo,
lo que quiere lo hace.
Sus ídolos, en cambio, son plata y oro,
hechura de manos humanas:

tienen boca, y no hablan;
tienen ojos, y no ven;
tienen orejas, y no oyen;
tienen nariz, y no huelen;

tienen manos, y no tocan;
tienen pies, y no andan;
no tiene voz su garganta:
que sean igual los que los hacen,
cuantos confían en ellos. (Sal 113B 2-8).


Dios es tan alto que cantamos: «Tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus».

Los santos fueron hombres que creyeron que Dios les amaba, (no ellos a Dios, en eso no piensan por la humildad). No piensan más que en lo que Dios hace por ellos. Se olvidan de sí mismos.

Y nosotros hemos conocido el amor que Dios nos tiene, y hemos creído en él. Dios es Amor y quien permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él. (1Jn, 4, 16).

Oración pagana versus oración cristiana.

Oración pagana: pretende estimular a un dios dormido, conmover a un dios indiferente. De ahí las danzas de algunas tribus cuando rezan. Y en cambio Jesús nos dice:

Y, al orar, no charléis mucho, como los gentiles, que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados. (Mt 6).

No se trata de conmover a un dios indiferente.

¿Cuántas veces nosotros somos «paganos» en nuestra oración? Intentar caldear el corazón de Dios: «¡Señor, muévete a compasión!» Intentamos remover una supuesta inercia de Dios. Por eso vamos con pereza a orar y salimos con sequedad. Mantenemos unas relaciones rarísimas con el Padre.

Nuestra oración ha de ser quieta. Ya sabe lo que necesitamos. Le gusta que le pidamos las cosas. A la madre, no le molesta que el niño pida. pero lo que más les gusta es saber que el niño confía en ella, y que sabe que aunque no pida, ella le atenderá.

A veces tratamos de poner a Dios a nuestro servicio

Nuestra oración sufre de paganismo: Dios se convierte en «dios-farmacia», «botiquín de urgencia», «paracaídas», que se abre en el último momento; «oración capciosa», «extintor», colgado en la pared, se usa una vez y se vuelve a colgar; «pompas fúnebres»: nos va bien para dar el pésame: «está con Él en el cielo». En esto nos parecemos a los paganos, en hacer una oración utilitaria.

Así, acabaremos como el Hijo Pródigo, pidiendo la herencia y largándonos.

El camino del cielo.

El camino del cielo es la oración (no cualquier oración). La mucha oración.

A los santos los define su vida de oración. Por ejemplo el santo Cura de Ars que se pasaba de seis a ocho horas diarias delante del Santísimo. Y así, más o menos todo los santos. Un santo es un hombre de oración profunda. En los monasterios ocupa gran parte del día, más que el trabajo.

La oración es la «respiración» de la vida. Orar es vivir. No orar es morir. La oración cuesta cuando uno no es hombre de oración.

Sólo la oración muy intensa transforma. Hay que convencerse de esto. Este es el gran secreto.

Con «oracioncillas» no transformaremos al hombre viejo. Por ejemplo, aprovechar las vacaciones para estar horas con el Señor. En tono de recreo. No tomar la oración como obligación. Hay que descubrir el recreo en la oración.

Hay que convertir la vida en oración. Ese es el camino del cielo.

Orar es ejercitar la fe. Y orar lleva consigo la adoración de Dios desde el anonadamiento, de la contemplación de mi propia miseria. La fe es conocimiento infuso de Dios pero también de nuestra propia miseria. La oración, al ser conocimiento de sí mismo, contrastado con el conocimiento de Dios, hace que se produzca el anonadamiento, expolio y desnudez de sí mismo.

Orar exige como preámbulo:

—Humildad.

—Desierto y monotonía (lo vimos en una convivencia).

El desierto y sus chacales:

·        La pereza.

·        El aburrimiento.

·        El cansancio.

·        El desánimo.

·        La desgana.

·        Si te dejas avasallar, te devoran. Hay que ser pacientes.

El desierto y sus demonios:

·        La soberbia: no podemos rezar como el fariseo.

·        El amor propio: hacer de la oración un puro interés personal.

·        Oración capciosa (puro interés personal)

·        La vanidad: por ser vistos y por ser tenidos por hombres de oración.

El desierto y sus espejismos:

·        Confundir oración con consolación.

·        Confundir oración y egoísmo.

El desierto y su sol abrasador:

·        Sequedad y aridez en la oración, que hace hervir el cerebro.

Orar es encuentro con Dios.

Orar es un encuentro terrible,

¡Es terrible caer en las manos del Dios vivo! (Hb 10,31).

Sobre todo cuando uno tiene poca virtud. El hablar, leer, pasear, son acciones que de alguna manera son una autoafirmación, pero la oración es negación y muerte de mí mismo. En la plegaria, sólo Dios es. Es un encuentro para la obediencia y el anonadamiento.

La oración debe expresar que estoy muriendo: ¡quieto!. Buscar tiempos de soledad y silencio. No hay que extrañarse de que sea terrible ese encuentro con Dios.

La oración es negación y muerte de mí mismo.

 “La oración donde hay mucha bachillería nunca sale bien.” (San Juan  de Ávila).

Bachillería quiere decir mucha técnica y mucho método…

“Saber esperar.....” (San Fray Maria Rafael Arnáiz).

 

5ª Meditación. Que estás en los cielos (2/2).

El texto original sería: «Papá nuestro que estás arriba».

Orar es encuentro.

Hay una exigencia, que es el santo abandono. Orar es abandonarse en Dios, a Dios.

Orar no es trabajar a Dios. Es dejar trabajarse por Dios, dejarse arar por Dios. Decirle a Dios: «Señor, trabájame, haz que me deje trabajar». Es vivir aquello de: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu», (mis  trabajos, anhelos, ambiciones, planes, etcétera).

No se trata de que Dios eche jornales en nuestra vida, se trata de permitirle a Dios que nos trabaje durante toda la vida. Para eso necesitamos abandonarnos.

Orar necesita un espíritu concreto: «Es el Espíritu el que aboga por nosotros». No cualquier espíritu.

«Todo lo que pidiereis a mi Padre en mi nombre os lo concederá». En nombre de Cristo es lo mismo que decir con el Espíritu Santo, que es el espíritu de Cristo.

26 Y de igual manera, también el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos pedir como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables. (Rm 8, 26).

Orar es permitir que Cristo rece en nosotros y con nosotros.

Oración pagana vs. sobrenatural

Orar es un acción divina que tiene lugar en el hombre. No es una acción humana.

17 toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto, desciende del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni fase de sombra. (St 1).

La oración es el mejor don, luego viene también de Dios.

Orar es escuchar a Dios.

«juzgo según lo que oigo» (Jn 1,30).

La vida de oración es escuchar y mirar mucho a Dios. En cuanto sea posible, durante todo el tiempo, con la presencia de Dios.

La oración es lo que nos cambia, lo que nos va transformando.

18 Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu. (2Co 3).

Transformar el agua en vino es un juego, comparado con la transformación del alma. El Espíritu del Señor produce en nosotros la divinización.

Orar es negar el orgullo

Es entregarse a otro: «Padre en tus manos pongo mi vida».

Confiarse a otro es también negar el orgullo: «No como yo quiero sino como tú quieres».

Es hacerse hijo, obediente, niño ante Dios, pero también ante los demás.

Es hacerse amor, renuncia.

Orar no es simplemente llamar a Dios, no es simplemente gritar a Dios

No es echarle discursos a Dios: es sencillamente rendirse a Dios. El Señor ya sabe lo que necesitamos.

La oración nos desata.

No se puede estar en oración y estar instalados en nuestras perezas, insuficiencias, soberbias, imperfecciones, pecados, vida materialista. No se puede navegar estando amarrados. La oración nos desarraiga y nos exige desarraigo. Es un movimiento de elevación

Nos eleva, nos impele a la ascensión, a la virtud  à dar altura a la vida.

«Orar es levantar la mente y el corazón a Dios». Es en realidad levantar todo a Dios.

La oración permite que Dios se haga Dios en nosotros, que habite en nosotros.

23 Jesús le respondió: «Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él. (Jn 14).

La oración permite eso. Cuando oramos, hacemos que Dios venza nuestra resistencia a que Dios entre. Esa resistencia se muestra de forma particular cuando hemos de empezar a orar. Orar es poner en marcha una acción divina y misteriosa con fuerza de milagro. Por eso la oración mueve montañas. Orar es penetrar en la omnipotencia divina y ponerla en marcha. Así la Virgen es la Omnipotencia suplicante.

La oración nos desprende de nosotros mismos y nos une a Dios. Nos obliga a vivir donde Dios vive.

Cuando nos ponemos en oración entramos en el mundo de Dios.

En la casa de mi Padre hay muchas mansiones; si no, os lo habría dicho; porque voy a prepararos un lugar. (Jn 14).

Orar es vivir en el cielo, es empezar otra vida.

La oración nos obliga a subir: aceptar ser hijo con el Hijo:

Y cuando haya ido y os haya preparado un lugar, volveré y os tomaré conmigo, para que donde esté yo estéis también vosotros. (Jn 14).

y aceptar ser como el Hijo:

Jesús, pues, tomando la palabra, les decía: «En verdad, en verdad os digo: el Hijo no puede hacer nada por su cuenta, sino lo que ve hacer al Padre: lo que hace él, eso también lo hace igualmente el Hijo. (Jn, 5, 19).

Hay que subir alto. Para subir hay que vaciarse desprenderse del lastre (toda imperfección y preocupación que no es según Dios). Una forma de vaciarse es decir el Padre nuestro. Nos deja vacíos. El Padre nuestro nos obliga a vivir la renuncia total al ego. Es todo tú. Hay muy poco yo. Es más bien y nosotros.

Vaciarse es morir. Orar es morir.

«Nadie puede ver a Dios y vivir —dice la Sagrada Escritura—.» Podríamos decir que nadie puede orar y vivir de sí, vivir para sí.

Hemos de morir a todo lo nuestro, a nuestras ideas, a nuestras ambiciones, incluso las espirituales, y coger las de Dios. (Incluso a nuestro proyecto de santidad).

Somos reacios a la oración

Siempre que Jesús se llevaba consigo a los discípulos para orar, se le dormían. Así en el Tabor, y en Getsemaní: «¿No podéis velar siquiera una hora conmigo?» Y en el Tabor, Jesús hablando de su Pasión y ellos se le dormían: «Pedro y sus compañeros estaban cargados de sueño» (Lc 9,32). ¡Qué paciencia la del Señor.

Para aprender a orar:

·        Hay que orar indefinidamente.

·        No hay que esperar jamás a tener ganas de hacerlo. (No consultéis a las ganas).

·        Cuanto menos recéis peor lo haréis y menos ganas tendréis.

·        No oréis para tener consolación alguna o para conseguir algo; orad para Dios, sólo para Dios. Pídelo y déjalo en manos de Dios.

·        Como Jesús, dejaos llevar por el espíritu al desierto, con toda la frecuencia que podáis.

Oración y adoración

Al mundo cristiano moderno le amenaza el perder el espíritu de adoración. Terrible cosa esta.

El espíritu de adoración es dejar que Dios sea Dios. Y se le ha perdido el respeto a Dios.

Una cosa es que el Verbo haya querido rebajarse, encarnarse, y otra muy distinta es que le minimicemos y le perdamos el respeto.

En el Apocalipsis vemos la forma de estar los santos ante Dios:

8 Cuando lo tomó, los cuatro Vivientes y los veinticuatro Ancianos se postraron delante del Cordero. Tenía cada uno una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las oraciones de los santos. 9 Y cantan un cántico nuevo diciendo: «Eres digno de tomar el libro y abrir sus sellos porque fuiste degollado y compraste para Dios con tu sangre hombres de toda raza, lengua, pueblo y nación; 10 y has hecho de ellos para nuestro Dios un Reino de sacerdotes, y reinan sobre la tierra.»

11 Y en la visión oí la voz de una multitud de ángeles alrededor del trono, de los Vivientes y de los Ancianos. Su número era miriadas de miriadas y millares de millares, 12 y decían con fuerte voz: «Digno es el Cordero degollado de recibir el poder, la riqueza, la sabiduría, la fuerza, el honor, la gloria y la alabanza.» 13 Y toda criatura, del cielo, de la tierra, de debajo de la tierra y del mar, y todo lo que hay en ellos, oí que respondían: «Al que está sentado en el trono y al Cordero, alabanza, honor, gloria y poder por los siglos de los siglos.» 14 Y los cuatro Vivientes decían: «Amén»; y los Ancianos se postraron para adorar. (Ap 5).

Darle en nuestra vida el primer sitio. Dios es el primero y el último, el alfa y omega. Se está perdiendo el sentido de la adoración interna y externa.

No puede haber oración sin espíritu de adoración. Puede haber rezos, pero no oración.

Se ha perdido el sentido de la oración pura y gratuita: la contemplación. En muchos conventos no se hace meditación. Esto parece una pérdida de tiempo en este siglo, y esto nos amenaza a todos nosotros.

Se ha perdido el sentido del silencio, se dan pocas tandas de Ejercicios Espirituales, y en ocasiones sin silencio. Esto es gravísimo.

Se ha perdido el sentido de la separación del mundo por Dios, el irse a la vida monacal, hay menos vocaciones contemplativas. Enclaustrarse uno para estar sólo con Dios, para estar en nombre de todos nosotros. Están imitando a Cristo cuando se retiraba a solas con el Padre.

Ahora se cree orar obrando. El valor de lo que el hombre puede hacer, se mide por los resultados tangibles: Es una forma de dar culto al hombre y a la técnica.

Sin oración no hay plenitud de vida.

No basta creer en Dios y guardar los mandamientos. Hay que orar sin interrupción, sin desfallecer: La andadura hacia Dios es la oración. Los que son alma de oración, tienen cierta transparencia por haber contemplado el rostro del Señor:

Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu. (2Co 3,18).

Verán su rostro y llevarán su nombre en la frente. (Ap 22,4).

Todo pasa, sólo la oración permanece. La oración es amor, es caridad. La oración no es yoga ni budismo zen. Un encuentro vivo y personal, real e íntimo con Jesús con el Padre y con el Espíritu Santo.

Para orar hay que prepararse:

·        Ser capaces de ponerse todo entero en la oración: alma y cuerpo.

·        En el momento de la oración, pesa sobre ella todo el contexto de nuestra vida.

·        Nuesta vida debe ser un continuo disponerse para la plegaria.

·        Nuestra dispersión no nos facilitará la oración.

·        Los tiempos de oración son las horas cumbre del día.

·        Se requiere libertad de corazón y pureza de corazón.

·        No olvidemos nunca nuestra condición de pecadores (actitud del publicano). Nos cuesta identificarnos con la oveja perdida, con el Hijo Pródigo.

·        Necesitamos humildad de corazón y de inteligencia, pues nos encontramos con la verdad de Dios. los designios de Dios y los misterios de Dios.

6ª Meditación. Santificado sea tu nombre.

Dice San Cipriano:

¿Quién podría santificar a Dios, pues es Él el que santifica? (De dominica Oratione, 12. San Cipriano de Cartago). [3]

¿Quién puede salar la sal? Sólo Dios es santo.

45 Pues yo soy Yahvé, el que os he subido de la tierra de Egipto, para ser vuestro Dios. Sed, pues, santos porque yo soy santo. (Lv 11,45).

8 «Guardad mis preceptos y cumplidlos. Yo soy Yahvé, el que os santifica. (Lv 20,8).

Lo decimos porque Jesús nos lo enseñó. Nosotros santificamos el nombre de Dios cuando permitimos a Dios que actúe en nosotros y transparentamos la acción divina.

18 Mas todos nosotros, que con el rostro descubierto reflejamos como en un espejo la gloria del Señor, nos vamos transformando en esa misma imagen cada vez más gloriosos: así es como actúa el Señor, que es Espíritu. (2Co 3,18).

Es también un reconocimiento vital del “tu solus Sanctus, tu solus Dominus, tu solus Altissimus”.

Quiere decir «santificado sea tu amor», es decir, que tu amor sea conocido, reconocido, amado.

Los judíos no se atrevían a pronunciar el nombre de Dios directamente, usaban perífrasis. Por miedo a evocar la presencia de Dios, ya que si veían a Dios, morían. El Señor, el Poderoso, el Fuerte, el Santo, el-que-es, eran nombres que daban a Dios.

Los antiguos no nombraban a Dios directamente (paganos y judíos). Según los antiguos, nombrar a los dioses era tener poder sobre los dioses. Cuando Adán tomó posesión de la creación, fue nombrando a los animales, era pues rey de la creación.

Cristo nos ha revelado el nombre de Dios, el misterio escondido en el Sinaí. Nos revela que el nombre de Dios es Padre. Habla muchas veces del Padre y siempre dice «mi Padre» y «vuestro Padre», nunca dice «nuestro Padre». La paternidad es distinta para nosotros y para Jesús.

Y es voluntad de Dios que el Verbo se llame Jesús: Salvador.

San Juan nos dice que Dios es amor, caridad.

Dios se llama Padre, Salvador y Amor.

Esperábamos un dominador, un rey, un juez de las naciones.

Jesús nos ha entregado además algo más importante que el nombre de Dios, nos ha dicho que el Padre nos ama, con amor infinito, con todo su amor.

Si Dios es mi Padre y me ama así, yo tengo cierto poder sobre Dios, pues tenemos cierto poder sobre aquellas personas que nos aman. ¡Qué bien lo saben los niños pequeños! Con el llorar, con el no querer comer, por ejemplo.

El amor produce una cierta esclavitud. Donde hay un verdadero amor, un buen padre, hay una total dependencia, es estar sujetos a aquellos que dependen de nosotros.

Ser padre es sufrir por todo lo que le pase a aquella persona. Es llegar a ser vulnerable. Esa persona amada, puede hacerte un desgraciado toda la vida.

Ser padre es vivir para el hijo.

Amar a un ser es darle poder sobre nosotros.

Pero ¿acaso una madre olvida o deja de amar a su propio hijo? Pues aunque ella lo olvide, yo no te olvidaré. (Is 49, 15).

Dios está amorosamente sujeto a nosotros. Nuestra religión es la religión del crucificado.

Amor es «debilidad»:

16 Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. (Jn 3).

Amó tanto al mundo que no tuvo más remedio que darnos al Hijo. Ese es el problema que hemos creado a Dios, por su amor. Tanto nos amó, que «le quitamos la paz» a Dios. Tal era su sufrimiento que nos mandó a su Hijo para acabar con esa situación.

Por su debilidad se dejó crucificar. La crucifixión es un misterio tremendo, pero sólo de amor. Sólo el amor puede entender ese misterio. Por eso no entendían judíos y gentiles a san Pablo[4].

Cristo nos ha dicho que Dios es amor. Apetece comenzar a amar. Todos como niños ansiosos, nos lanzamos al amor. Pero el amor de verdad hace mucho daño, y de muchas formas[5].

Sólo en el cielo no hace daño el amor.

Si una madre no amase a su hijo cuando parte a la guerra, no tendría ese sufrimiento aterrador.

Santa Teresa de Jesús dice: «El que no entiende de dolores, no sabe de amores».

El amor tiene muchos aficionados pero pocos discípulos practicantes.

Amar es dejarse despojar, dejarse hacer, perder toda autonomía.

57 Los que prendieron a Jesús le llevaron ante el Sumo Sacerdote Caifás (Mt 26).

Y después de atarle, le llevaron y le entregaron al procurador Pilato (Mt 27).

28 Le desnudaron y le echaron encima un manto de púrpura; 29 y, trenzando una corona de espinas, se la pusieron sobre su cabeza, y en su mano derecha una caña; y doblando la rodilla delante de él, le hacían burla diciendo: «¡Salve, Rey de los judíos!»; 30 y después de escupirle, cogieron la caña y le golpeaban en la cabeza. 31 Cuando se hubieron burlado de él, le quitaron el manto, le pusieron sus ropas y le llevaron a crucificarle. (Mt 27).

Jesús es Dios, y podría haber reaccionado.

Hay que tener mucho cuidado entre nosotros porque estamos obligados a amarnos, y el amor hace mucho daño. ¡Facilitemos a los demás el que nos amen! Tengamos mucha delicadeza y educación con los demás.

Los valores humanos que ha elegido Dios para manifestar los divinos, son impresionantes: la pobreza, la paciencia, la obediencia, el sufrimiento, la humildad, la muerte. Un amor hasta la muerte.

La Pasión de Cristo es dejarse que le hagan de todo: «me amó, y me amó hasta tal grado, que se entregó a sí mismo por mí». Nos amó hasta el fin: se entregó hasta el fin. Esto manifiesta el tremendo poder que tenemos sobre Dios. Dios se ha complicado la vida muchísimo amándonos. Donde Dios manifiesta quién es él no es en la belleza de la naturaleza, sino en la Pasión, Crucifixión y Muerte. Su debilidad, secreto y misterio lo descubrimos ahí.

El amor no juega con las cosas, siempre juega con la vida. El amor no juega con los bienes de este mundo, juega con la vida, entregándola  perdiéndola:

13 Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. (Jn 15).

Por eso es monstruoso oír al mundo hablar del amor. Hay que ir a la fuente a sorber ese amor único. Dios me ama a . La religión cristiana no consiste en que yo ame a Dios, lo específico de la religión cristiana es que Dios me ama a mí. A cada uno en un particular particularísimo. Mi creación no es una nota más en toda la creación. Cada uno de nosotros es un nuevo concierto. Es importantísimo que descubra que Dios está enamorado infinitamente de mí.

El amor implica alteridad personal: tú y yo.

La santidad empieza siendo tú y yo para acabar siendo tú, sólo tú. (El otro = Dios). El olvido de sí.

El amor que los hombres pueden llegar a tener entre sí, no es nada comparado con el amor que Dios nos tiene a nosotros. Ni una sombra delante del amor que Dios nos tiene. Como prueba de ello, leemos en el capítulo 10 de Mateo:

En cuanto a vosotros, hasta los cabellos de vuestra cabeza están todos contados. (Mt 10,30).

Parece que fue la manera de decirnos el Señor hasta qué punto nos amaba: hasta un pelo de tu cabeza es objeto de mi amor. Este detalle es la fuerza infinita empleada en amar.

Y luego andamos por ahí inquietos porque nadie nos ama, y frenéticos por amar a alguien.

Tenemos razones para sufrir, en el corazón de carne, pero no para dejar hundir el espíritu.

Supuesto que Dios me ama, yo soy necesario a Dios:

·        Mis problemas son sus problemas.

·        Mis amarguras son sus amarguras.

·        Mis alegrías son sus alegrías.

Él ha llevado sobre sí todos mis pecados y sufrimientos. Por eso el juicio de Dios tratará del amor:

A la tarde te examinarán en el amor; aprende a amar como Dios quiere ser amado y deja tu condición. (Dichos, 60)

La pregunta del juicio será: «¿Has creído en el amor de Dios?» Creer es conocer y aceptar. Cuando empiece a descubrir cómo Dios ama a esta lepra que soy yo, entonces habré comenzado a conocer a Dios. Los exámenes de conciencia deberían ser un estímulo para el amor. Descubrir mi lepra, y ver que Dios me sigue amando, debería impulsarme a querer cada vez más a Dios.

«Qué hermoso sería que hubiese un Dios con el que pudiera tener una relación de amor y obediencia».

decía Charles de Foucauld antes de convertirse. Y después de convertido decía:

«Tan pronto como creí que había un Dios, comprendí que no podía hacer otra cosa sino vivir para Él».

Por tanto, santificado sea tu nombre de Padre, Salvador, Amor.

7ª Meditación. Venga a nosotros tu Reino.

Cuando decimos «venga a nosotros tu Reino», pedimos:

·        El reconocimiento del Reino de Dios: ¡que te conozcan a ti Señor!

·        La aceptación de ese Reino.

·        La consolidación del Reino.

·        La expansión del Reino.

El Reino de Dios está presente, pero no está al alcance de los ojos fácilmente: es invisible.

Sólo la fe puede captar su presencia y su movimiento.

Sólo la fe puede captar las características sustantivas de ese Reino: Reino de vida, de verdad, de amor.

Este Reino no obstante tiene unas características que son las que hacen más difícil el reconocimiento de su presencia:

Humanamente es un Reino desvalido: «mirad que os envío como ovejas entre lobos…» Está como David frente a Goliat. Las únicas armas del Reino: la Palabra, la Caridad y los Sacramentos.

Aunque la Palabra es la verdad infinita  y la única sabiduría, no obstante es tachada por los hombres de insensata, opio, estulticia.

Una caridad silenciosa, y más silenciosa cuanto más auténtica. Una caridad humilde, inerme.

Esta caridad extendida en todos los rincones del mundo y en toda la historia, que no puede escribirse en una biblioteca. Esta caridad se disimula en el mundo. Nadie se acuerda a la hora de la persecución y de la calumnia.

Los sacramentos, aparentemente acciones rutinarias e insignificantes.

Tu Reino, no nuestro Reino.

Pablo VI tiene una encíclica que empieza con las palabras «Ecclesiam Suam»[6]. Porque la Iglesia es suya, no nuestra.

El Reino en Cristo, constituido en dueño y señor de nuestras vidas. ¿Es él nuestra esperanza? (Cfr. Col 1, 27)

«Mi Reino no es de este mundo», dice Jesús. Dice san Bernardo que «su longitud es la eternidad, su anchura la caridad, su altura la sublimidad».

Mi Reino es la caridad, la virtud, la santidad.

El espíritu del Reino son las Bienaventuranzas: auténtico escandalazo para la lógica temporal. Son la biografía de Cristo, su autobiografía, su espíritu. La comunicación que Cristo hace de su intimidad.

Corremos el peligro de vivir una religión, una oración que consiste en despertar la inercia de Dios, reactivar a Dios y obligarle a prestar atención. Un comercio religioso.

Los primeros cristianos, repetían con mucha frecuencia: «Señor, ¡ven!» Deseando ser trasplantado, dice san Pablo (Cfr. Flp 1,23). (El muy pillo, en lugar de morir, claro.)[7]

Nos faltan ansias del Reino de Dios, del Reino de Dios ahora y del Reino de Dios mañana.

Ansias de poder beber el fruto de la vid en el Reino del Padre.

29 Y os digo que desde ahora no beberé de este producto de la vid hasta el día aquel en que lo beba con vosotros, nuevo, en el Reino de mi Padre. (Mt 26)

Nos faltan ansias de acabar ya con esta noche, con esta vida, en la que nos estamos jugando tanto y encontrar la auténtica libertad. Nos faltan ganas de instaurar el Reino aquí y ahora.

10 El Día del Señor llegará como un ladrón; en aquel día, los cielos, con ruido ensordecedor, se desharán; los elementos, abrasados, se disolverán, y la tierra y cuanto ella encierra se consumirá. (2P 3).

¿Tenemos ansias de que todo acabe?

¡Cuánto nos cuesta aceptar la muerte de los hombres! ¡Cuánto nos cuesta que acabe todo!

Somos ciudadanos del Reino y no obstante andamos afanosos echando raíces en esta Tierra de nadie. ¡Cómo nos agarramos a la Tierra! Estamos como robles enraizados.

La historia del hombre es la quintaesencia de la demencia: creados por el Amor, para el amor, buscamos el amor y somos los forajidos del amor. Es tan demente esta historia nuestra que hasta nos cuesta mucho amarnos a nosotros mismos. Qué faltas de caridad; cuán descuidado soy para mí  (con la verdadera caridad, no para “cuidar” el pecado que vive en mí) ¡Cuántas veces tenemos indiferencia y odio hacia nosotros mismos!

Dice Bernanos en el Diario de un cura rural[8]:

Me he reconciliado conmigo mismo, con este pobre despojado. Odiarse es más fácil de lo que se cree. La gracia es olvidarse. Pero si todo orgullo hubiera muerto en nosotros, la gracia de las gracias sería amarse a uno mismo humildemente, como cualquiera de los miembros sufrientes de Jesucristo.

No tenemos compasión de nosotros mismos. No nos consolamos a nosotros mismos. Hay que descubrir lo mal que me trato a mí mismo.

Un Reino que es vida, perdón y amor.

Porque Dios es padre, es salvador y es amor. Y lo conocemos en la medida que lo poseemos y lo poseemos en la medida que lo damos.

Estar al tanto de qué hacemos con nosotros mismos y con los demás.

No conocemos de Dios más que lo que le hemos dejado hacer en nosotros (en lo experiencial, no en lo revelado). Por eso la Virgen santísima tuvo que pronunciar el Magníficat.

Sólo conocemos el perdón cuando hemos aprendido a perdonar, a aguantar con paciencia. Cuando uno perdona se va dando cuenta de lo que es el perdón de Dios y acepta el perdón de Dios para consigo mismo.

Solo conocemos el amor de Dios en la medida que amamos a los demás. No amar a los demás, es no permitir a Dios que nos ame. Esto es el Reino de Dios: recibir y dar.

Dios ha querido que seamos indispensables unos a otros. Sobre todo en el terreno del amor. Ha querido para nosotros un Reino de amor, un encuentro de amor con Él y con los demás. Así, ha creado la familia, y aún nos resulta difícil vivir en familia.

Si yo amo, el mundo está vencido, el Reino está presente.

Fines a conseguir: crear una auténtica trabazón de amor en nuestras familias aunque para ello debamos ofrecernos como víctimas. Hay que empezar por casa, no por la Reunión de Grupo.

Ninguno de nuestros hermanos, aunque lo quisiera, es capaz de faltarnos, y en el más frío avaro, en el centro de la mujer prostituida y del más sucio borracho, hay un alma inmortal que está santamente ocupada en respirar [...] Los tomo a todos, los comprendo a todos, no hay uno solo del que no tenga necesidad o del que sea capaz de prescindir [...] Hay muchas almas, pero no hay una sola con la que yo no esté en comunión por ese punto en ella sagrado que dice “Padre nuestro”. (Cántico de Palmira, Paul Claudel.)

Y el drama de este Reino, aquí y ahora, radica en que llevamos este tesoro en vasos de barro[9], es decir, nuestra condición miserable. Esta es la tragedia de la Iglesia. Desproporción sustancial en el ser. Una cosa es lo que somos: Hijos de Dios, miembros de la Iglesia, y otra cosa es lo que deberíamos ser.

Hay una desproporción entre lo que somos y lo que damos a los demás en nuestros gestos de caridad y apostólicos, en nuestras actitudes. El vaso de barro es nuestra condición miserable.

31 «¡Simón, Simón! Mira que Satanás ha solicitado el poder cribaros como trigo; 32 pero yo he rogado por ti, para que tu fe no desfallezca. Y tú, cuando hayas vuelto, confirma a tus hermanos.» (Lc 22).

La Iglesia y cada uno de nosotros será zarandeado por Satanás. Las puertas del infierno no prevalecerán sobre la Iglesia, pero no con cada uno en particular.

Hay que fortalecer nuestra fe en la Iglesia. No podemos escandalizarnos de las muchas cosas que vemos y que veremos de la Iglesia en su camino de pasión, aunque la veamos crucificada.

Hay peligro de escandalizarse de la Iglesia en su Pasión, lo mismo de nuestros hermanos en lucha: crisis, pecados, caídas.

Hay peligro de que nos convirtamos en Rangers de curas y monjas flojos, tibios y malos. Rangers como los escarabajos peloteros, coleccionistas de carroña.

Veamos la Iglesia en su pasión.

Podemos ver en la Iglesia una institución, una asociación profesional. Es compleja y puede parecernos rutinaria,  burocrática, canónica, estructural.

La Iglesia está por encima de todo eso, y por debajo de todo eso. A veces nos puede parecer anacrónica en sus usos y costumbres. Que los sacerdotes y los obispos no están a la altura de su ministerio. Vemos entre ellos las ambiciones del mundo. Vemos en la Iglesia el gusto del poder temporal. Hemos visto cismas, herejías, apostasías, teólogos enfrentados con el Magisterio. Abusos de la Santa Sede, de sus nuncios.

«Pero ¡ay del que se escandalizare de mí!» (Cfr. Mt 11,6).

La Iglesia es perfecta, yo no, la cristiandad no. El Papa es infalible, pero es hombre y pecador. Donde no meterá la pata es en el dogma y la moral.

(Reacción) Tentación: querer soñar con una Iglesia nueva, acabar con la Iglesia actual, estructurada, jerárquica.

Hay que encontrar la Iglesia del Espíritu. Soñar con una Iglesia idealizada, sin pecado original.

La Iglesia del tiempo de los apóstoles era un puñado de hombres ignorantes, incluidos los apóstoles. En Corinto los cristianos eran esclavos casi todos.

¿Seríamos capaces de resistir una Iglesia de ignorantes? Además, ¡galileos!

Pretendían predicar a Cristo en un mundo cultísimo, el helénico. Toda la preparación que tenían era que amaban a Jesús y la ayuda del Espíritu para no «meter la pata» en lo moral y en lo dogmático. Los apóstoles tenían sus defectos personales y no pocos. (Discusiones entre Pablo y Bernabé).

Pero también es admirable en todos los campos del saber. Ha sido capitana de las ciencias tantos siglos. No solo de la teología, de la filosofía, sino de las ciencias experimentales y de las artes. En la justicia, estableciendo jurisprudencia justa para que el hombre sea tratado como hijo de Dios. En la cuestión social: Rerum Novarum, Populorum progressio y tantos otros documentos.

Es la única institución que ha permanecido 20 siglos en pie.

Está marcada por la ley de la Encarnación, de la Pasión y de la Resurrección.

Encarnación que significa humillación, Pasión que significa dolor y muerte y Resurrección que significa gloria.

En nosotros hay tendencia a lo grandioso, a lo espléndido, nos gustaría una súper-Iglesia.

26 ¿No era necesario que el Cristo padeciera eso para entrar así en su gloria? (Lc 24).

«Conviene que la Iglesia padezca: está en un mundo de pecado».

Esta Iglesia peregrina, dolorida, salpicada de barro, es Cristo (presente) sufriente. Y es la que debe decir lo que hay que hacer, así, a Pablo, después de su conversión, díjole Cristo: ve a Ananías. Porque era la Iglesia la que debía decirle lo que tenía que hacer. Este Reino no lo hizo Cristo con sonrisas, por tanto no se puede asumir alegremente; es un Reino de dificultades y responsabilidades vividas en medio de tribulaciones y vicisitudes.

Tiene como cetro la Cruz: Cristo ha sufrido para que nuestros sufrimientos sean semejantes a los suyos.

8ª Meditación. Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo.

El misterio de la voluntad de Dios.

Nuestro ideal natural es que se haga nuestra voluntad: la independencia, la autonomía, la seguridad propia, el ser nosotros mismos. Al encontrarnos con Dios pretendemos compaginar ser nosotros mismos y ser amor: grave error. He aquí el drama de la vida.

Al hombre le gusta amar, pero tiene miedo al sacrificio. Amar sí, entregarse no. Amar sí, enajenarse no. Al hombre le gusta dar pero no perder. Cuando uno se da de verdad, no puede volverse atrás jamás.

«Ni: gloria, seguridad, gozos, consuelos, saber, gusto, libertad, honra, ciencia, descanso… ¡Nada! Que Cuando ya no lo quiero querer, tengo todo sin quererlo”.»

«Cuando por propio amor no lo quise, dióseme todo sin ir tras ello»

«Después que me he puesto en nada hallo que nada me falta»

“Sólo mora en este monte la honra y gloria de Dios.” (Subida).

Se trata de la desnudez del espíritu. No pretender cosa alguna que no sea Dios. San Juan de la Cruz comía muchos días un solo trozo de pan, y, decía, como si fueran faisanes.

La verdadera libertad reside en la facultad de autodeterminación, una autodeterminación tal que podamos disponer de nosotros mismos para poder darnos al otro. El otro es Dios y los demás. El temor del don es falta de libertad. Cuando buscamos ser autónomos, lo buscamos de forma muy egoísta. Las autonomías son para engordar el yo.

35 Porque quien quiera salvar su vida, la perderá; pero quien pierda su vida por mí y por el Evangelio, la salvará. (Mc 8).

Conservar ese “yo” es el peor de los fracasos.

porque el amar es obrar en despojarse y desnudarse por Dios de todo lo que no es Dios (Subida, Cap. 5, 7)

Su voluntad y nuestra cruz.

Hay que aprender a morir diariamente. El seguimiento de Cristo es un camino de cruz.

·        Lo específico del cristianismo es el amor.

·        Lo específico del islamismo es la fe.

·        Lo específico del budismo es la renuncia.

·        Lo constitutivo del cristiano es el amor, la fe y la renuncia (= cruz).

No se puede vivir de espaldas a la cruz. Si rechazamos ese amor, rechazamos la vida de Cristo. La razón de la mortificación, es porque los hombres tienen la prodigiosa capacidad de destruirse a sí mismos. Somos peligrosos. Hay que saber perderlo todo para ganar el Todo.

La muerte debe obrar en nosotros. Cada día. En cada momento. Necesitamos morir, porque necesitamos resucitar.

Es necesario dejarse hacer por Dios. La mortificación activa implica la noche activa y la auto mortificación. La noche pasiva es dejarse hacer por Dios.

No basta que yo trabaje por purificarme. «En tus manos encomiendo mi espíritu» = dejarse labrar.

¿Cuántas veces habrá que repetir esa frase?

A Simón de Cirene no le gustó en absoluto llevar la cruz. Después de andar algo con Cristo, ya sólo veía a Jesús. Los principiantes solo captan la cruz, la mortificación, la aspereza en la oración.

La Redención es realmente misteriosa. Los caminos del Señor son los mejores aunque a veces no lo parezca.

El cual, habiendo ofrecido en los días de su vida mortal ruegos y súplicas con poderoso clamor y lágrimas al que podía salvarlo de la muerte, fue escuchado por su actitud reverente, y aun siendo Hijo, por los padecimientos aprendió la obediencia (Hb 5).

Le escuchó y le dijo: sí, coge la cruz y sube al calvario. ¿Estamos dispuestos a llevar la cruz? En teoría sí.

La cruz que nos toca son fracasos, hundimientos, dolores, angustias, es algo insoportable, abominable, ¡y es la voluntad divina! Inmediatamente estamos pidiendo que nos la cambie.

En Mt 20 Jesús les dice a Santiago y Juan

 «¿Podéis beber la copa que yo voy a beber?»

La cruz, cuando se presenta es abominable, pero es el camino, el mejor camino. Cristo empleó gran parte de la noche de Pasión en decir: «hágase tu voluntad y no la mía».

Como María al pie de la cruz: ¡qué tribulación!

Un camino misterioso: no parece el mejor, pero es el mejor. Lo que hizo el amor de Dios: olvido de sí, entregarse por el otro, vivir con preferencia para los otros. Nosotros lo llamamos pasión, muerte y resurrección de Jesucristo. Y eso es la Eucaristía.

El «fiat» de María es un partir de cero. No accedió a la Redención con proyecto alguno personal y la Virgen tenía una idea del Mesías como todos los judíos, y no se había imaginado una redención así. Como leemos en Lucas:

49 Él les dijo: «Y ¿por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» 50 Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio. (Lc 2).

Sin duda había imaginado la Redención de otra forma. Ella aceptó el misterio y la cruz de esa misión. La vida de Cristo fue toda ella misteriosa. En los largos años de vida oculta en Nazaret, estuvo oculto a todos, en su condición de origen y en su finalidad, oculto a los parientes también y también a san José y a la Virgen. La Virgen fue viendo, y aceptando a medida que iba viendo.

Misterio de la ocultación.

Cristo está haciendo la voluntad del Padre. El sentido más profundo es la vida escondida, que es la mayor parte de su vida.

Vive inmerso en un contexto sociológico repleto de problemas, de injusticias…

Y era un hombre pobre. Un obrero. Y callaba. Se escondió en la oscuridad de lo vulgar cotidiano, lo anónimo cotidiano. Sin relación con nadie. En un pueblecito mínimo. No se escondió aislándose de los hombres, en el desierto, sino encerrándose en la oscuridad, en el anonimato.

Fue uno de tantos. Un cualquiera. No hizo el menor gesto revelador de su identidad ni misión. Dios entre los hombres, sin llamar la mínima atención.

Y ¡lo que nos cuesta a nosotros la más débil humillación! Si no destacamos en algo, nos coge complejo de inferioridad. Cristo podía elegir dónde nacer, en qué raza, en qué pueblo. Toda esa vida, la escogió Cristo. Cristo quería dar una lección, pero es que además Él era así. Era amor y el amor tiene esas exigencias.

Adán y Eva ansiaban el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal. ¡Qué distintos Jesús y María!

María entregó su confianza a Dios: «yo sé bien de quién me he fiado». No necesita árboles de ciencia ni de sabiduría. Entregó su vida, jamás echó cuentas. Puso su ansia de felicidad en las manos de Dios. E inmediatamente fue humillada, turbada y contrariada:

35 ¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!— a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones. (Lc 2).

Su esposo quiso abandonarla (Cfr. Mt 1,19). Y ella era una niña de 16-18 años y tuvo que enfrentarse con graves problemas: el nacimiento de Cristo: nacimiento en un establo, la matanza de los inocentes. Dios parecía una contradicción. Treinta años viendo a Jesús en una actitud pasiva, como si no pasase nada, y como si no fuera a pasar nada. Oirá palabras difíciles de entender:

20 Le avisaron: «Tu madre y tus hermanos están ahí fuera y quieren verte.» 21 Pero él les respondió: «Mi madre y mis hermanos son aquellos que oyen la palabra de Dios y la cumplen.» (Lc 8).

La Virgen tuvo que vivir la fe. Ella era fiel, humilde, dócil y sumisa. Y llega a la plenitud como hija y como madre en el Calvario. Allí, en la plenitud del dolor, nos concibió a todos.

«El camino de la virtud es padecer, hacer y callar». (San Juan de la Cruz).

Dios decepciona muchísimas veces. El Dios poderoso y triunfante ha aparecido y parece que se ha difuminado. San Juan Bautista manda a sus discípulos a preguntar a Jesús:

¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro? (Lc 7, 20).

Parece como decepcionado. No esperábamos un Dios amor, ternura, íntimo, sino un Dios potente, fuerte, Rey poderoso.

Las largas horas de Cristo en el madero demuestran quién es Dios. Allí descubrió la debilidad de Dios, que Dios es puro amor.

¿Cuántas veces le hemos dicho: «Vamos, bájate de la cruz»? Danos una Iglesia vencedora, con campanillas. Y el Señor no nos hace ningún caso. Pero hace absolutamente caso cuando aquél sacerdote en cualquier rinconcito dice: «Hoc est enim corpus meum».

Hágase tu voluntad. El único camino.

Mi voluntad es un engaño. Un error, un suicidio. Hay que darle tiempo a Dios. No pretendamos imponer a Dios lo que tiene que hacer. Tampoco aparentemos aceptar todo lo que Dios nos mande con tanta presteza. Subamos a Getsemaní cuantas veces podamos o sea necesario, a pedir que nos aparte el cáliz.

La voluntad positiva y la voluntad permitida.

Hágase tu voluntad. Toda: la que me gusta, la que me disgusta, la evidente y la misteriosa.

Pedís y no recibís porque pedís mal (St 4).

Dice una oración:

«Para que nos concedas lo que deseamos haz que supliquemos lo que te agrada».

Orar es asimilar las razones divinas, el plan divino. Pero orar es exponerse a que Dios te tome por la palabra. Si nos tomase por la palabra, si el hágase se lo tomara Dios al pie de la letra…

Cuando uno es imperfecto, al decir hágase tu voluntad, nos queda una sensación de vacío, parece que le estamos dando algo a Dios y nos quedamos vacíos. No se trata de perder la propia voluntad, se trata de encontrarla encontrando la voluntad divina, se trata de encontrar el criterio de Dios y hacerlo el propio.

Dios no se opone a nuestros buenos deseos. Incluso los sobrepasa. No se trata tanto de hacer la voluntad de Dios, sino de aceptar la voluntad de Dios. Es decir, amar y desear la voluntad divina. La voluntad divina no está solo expresada en los 10 mandamientos. A lo largo de todo el Evangelio también. Y aceptar como voluntad de Dios los acontecimientos de la vida:

·        Sueldo insuficiente, saber conformarse.

·        Muerte de un ser querido, aunque el corazón sangre.

·        Fracaso por olvido.

·        Una equivocación ridícula, ver que el tren acaba de partir.

·        Los malentendidos.

·        Esta casa, esta familia.

·        Esa enfermedad, esa débil salud, en ti o en tu familiar.

·        El ser feo, o poco inteligente, o poco gracioso.

·        El ser poco aceptado, atendido, amado, poco escuchado.

Aceptar todo sin irritación, sin desasosiego, sin dramatizaciones, sin relinchar, con espíritu tranquilo, aunque el corazón sangre.

Orar es morir, es aceptar morir, es querer morir. Orar con tanta verdad, que uno muera tanto que cuando llegue a la muerte ya no tenga nada que hacer.

No tener otro proyecto que la voluntad divina, como Cristo: traído y llevado, desamparado, crucificado…

«Y Jesús callaba», nos dice el sagrado texto. (Cfr. Mt 26,63).

9ª Meditación. El pan nuestro de cada día, dánosle hoy.

Estas palabras, esta segunda parte, es lo que podríamos llamar la parte reactiva del orante. La primera parte queda un poco difusa.

Nos toca más de cerca, se habla de nuestros intereses creados.

La primera parte es un recitado inconsciente, un prólogo reverencial, que puede parecer una comedia, sin mala voluntad.

¿Quién espera el pan de hoy realmente de Dios? ¿Somos conscientes de que el pan es obra exclusiva de Dios? ¿Quién lo espera hoy sin preocuparse del de mañana?

Pedir el pan quiere decir:

Querer ser hijos e intentar hacerse hijo. Reconocer a Dios como padre. Los niños pequeños, piden el pan a sus padres.

Las enseñanzas de Jesús, más que inducirnos a separarnos de las cosas buenas del mundo, nos inducen a preferir a Dios a las cosas del mundo.

Preferir a Dios antes que las criaturas.

Cuando uno pide el pan de verdad, reconoce el poder, las fuerzas, el amor y paternidad de Dios. También está haciéndose hijo-niño, queriendo ser hijo-niño.

También es un renunciar implícito a querer ser hijos mayores, y querer seguir siendo niño. Seguir dependiendo de Dios. Hacerse mayor es nuestra tendencia. Mantenerse niño es muy difícil.

¡Qué bien hecho está el Padre nuestro!

Pedimos el pan y los medios para conseguir el pan. Le pedimos: «Tú que haces germinar las semillas, que germine el trigo, que fructifique la espiga, que vengan las nubes y el rocío de la mañana. Que nos dé brazos para poder trabajar, la fortaleza, la salud del cuerpo para poder trabajar…».

El pedir el pan no nos inhibe de nuestro esfuerzo personal. La actitud virtuosa está en establecer un equilibrio entre oración y trabajo. Entre petición y esfuerzo. Entre imprevisión y previsión suficiente.

«Ganarás el pan con el sudor de tu frente» (Cfr. Gn 3,19). Dios hará fructificar la espiga, pero tú deberás trabajar.

El trabajo puede ser oración. Hay que esforzarse en hacerlo oración. Debe ser espacio vital para la oración. Para ello hacer el trabajo en presencia de Dios. Usar de jaculatorias.

El trabajo nos asemeja al Creador.

«Mi Padre trabaja hasta ahora, y yo también trabajo.» (Jn 5,17).

El trabajo nos hace obedientes a Dios, nos dignifica. El trabajo puede ser un instrumento extraordinario de la santidad.

Es una súplica cuando se hace con la dignidad de los hijos de Dios.

Pedir el pan es reconocerse hijo y desear seguir siéndolo. Desear seguir dependiendo de Dios. Pedimos que Él nos de su pan. También el otro pan: la virtud, el amor, la Eucaristía, la sinceridad, la paciencia…

Ese pan que nos hace vivir en Él.

Pedir el pan es querer ser pobre. Reconocerse nada: «sin mí nada podéis hacer…».

Gozarse en no tener nada y tener que esperarlo todo de aquél que es nuestra vida y nuestro alimento. Aquél sin el cual la existencia es absurdo y descalabro. Gozarse en ser pobre y tener que pedirlo todos los días a Dios.

Levantar los ojos al cielo (en alabanza y glorificación) es necesario, pero también es necesaria la súplica y la petición.

Decía san Agustín: «no pidas nada a Dios excepto Dios mismo».

¿Por qué pedimos el pan? Jesucristo dijo que pidiésemos el pan. Cuando pedimos el pan nuestro no hacemos más que descubrir una necesidad que Dios nos ha puesto. Porque Dios se entrega en el pan que nos da. Pedir el pan significa pedir lo mínimo necesario. No se piden grandes cosas, se pide lo elemental, lo necesario.

Pedir el pan es reconocimiento de nuestra dependencia de Dios. Cada día. Es una exigencia de amor. Es no querer bastarse a sí mismo para no caer en la autosuficiencia.

Pan es denominación amplia. Pan es todo lo que necesita nuestra vida.

El pan material; el pan de la fe; el pan del amor, de la serenidad, de la cordura, de la sabiduría para reconocer y servir a la verdad. El pan de la virtud, el pan de la plegaria: el saber, poder y querer orar.

Todos los días.

El pan del trabajo, del vestido, del techo.

El pan sacramental: «danos hambre de Eucaristía, que no sólo seamos devoradores de la Eucaristía, que fructifique en nosotros la Eucaristía. Haz que no falte ningún día un sagrario cerca de casa. Un sacerdote para confesar».

De cada día.

Vivir el día y al día. Desprenderse de la obsesión del mundo de instalarse en la vida. De acumular comodidades y bienestares. La obsesión del mundo es almacenar pan, instalarse bien.

No vivir instalados en el poquito de tiempo que es la vida. No vivir para el pan. No estar apegados al pan. Se nos va la vida, las mejores energías en vivir para el pan. El pan que pedimos es la Eucaristía: con los lomos ceñidos y el báculo en la mano (Cfr. Ex 12,11).

Comerlo con actitud ascética de vida. Con los lomos ceñidos, es decir con vida de mortificación, ascética, penitente. Con el báculo en la mano, porque vamos de camino. Somos peregrinos. Vamos con urgencia hacia un término, con el báculo para poder ayudar a nuestra debilidad.

Pan necesario para atravesar el desierto.

Cuando decimos «el pan nuestro de cada día» decimos «danos el hambre de cada día». Del pan material, pero sobre todo del pan de la virtud, del amor, de la fe, del espíritu de trabajo, de la plegaria, de tus sacramentos.

Danos Señor la fe de cada día. La que necesitamos hoy para continuar adelante.

Nuestra fe corre peligro de diluirse y desfigurarse en este mundo con esos juicios y concepciones disparatadas.

Danos fe para poder mantener la fe de cada día.

Esa fe apaleada y escarnecida por nuestros pecados y por los burlones de turno.

Es aceptar ser pobre con la pobreza de tener que esperar todo de Dios y solo de Dios.

El maná del desierto sólo podía cogerse del día y para un día, si no, ¡tendríamos que ver cada cosa! Acumuladores de maná y mercaderes del maná.

La riqueza nos aprisiona, y la ambición de la riqueza. La riqueza nos hace también independientes. Por eso quiere Dios que seamos pobres. La riqueza nunca fue buena consejera.

En nuestra naturaleza se pueden producir buenos frutos. La riqueza nos hace obsesivos. Tanto que ese espíritu nos impele a actitudes que no son según Dios. Por ejemplo abandonar la oración, la dirección espiritual.

La riqueza se corrompe y nos corrompe. El haberse librado de la seguridad de la riqueza nos devuelve la vida, la libertad.

22 Dijo a sus discípulos: «Por eso os digo: No andéis preocupados por vuestra vida, qué comeréis, ni por vuestro cuerpo, con qué os vestiréis: 23 porque la vida vale más que el alimento y el cuerpo más que el vestido; 24 fijaos en los cuervos: ni siembran, ni cosechan; no tienen bodega ni granero, pero Dios los alimenta. ¡Cuánto más valéis vosotros que las aves! 25 Por lo demás, ¿quién de vosotros puede, por más que se preocupe, añadir un codo a la medida de su vida? 26 Si, pues, no sois capaces ni de lo más pequeño, ¿por qué preocuparos de lo demás? 27 Fijaos en los lirios, cómo ni hilan ni tejen. Pero yo os digo que ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos. 28 Pues si a la hierba que hoy está en el campo y mañana se echa al horno, Dios así la viste ¡cuánto más a vosotros, hombres de poca fe! 29 Así, pues, vosotros no andéis buscando qué comer ni qué beber, y no estéis inquietos. 30 Que por todas esas cosas se afanan los gentiles del mundo; y ya sabe vuestro Padre que tenéis la necesidad de eso.31 Buscad más bien su Reino y esas cosas se os darán por añadidura.

32 «No temas, pequeño rebaño, porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino.

33 «Vended vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla corroe; 34 porque donde esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón. (Lc 12).

Jesús fue pobre.

¿Por testimonio? No. Por desprendimiento, por amor y por vivencia superior.

Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no tiene donde reclinar la cabeza.» (Lc 11, 58).

No estaba atado a criatura ninguna. Usaba sobriamente de las criaturas. No se le nota jamás ninguna inquietud por nada de este mundo. Ni siquiera le preocupa el comer.

34 Les dice Jesús: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra». (Jn 4).

Por amor: son las imposiciones del amor. El amor no acepta competencias. Jesús está tan en el amor del Padre y en nuestro amor que ya no puede tener otra preocupación.

Por vivencia superior. De un amor tan superior que lo constituye por encima de todas las cosas.

No se dejó atraer ni impresionar ni por el poder ni por las riquezas, que pudo tenerlas y santamente.

Escogió la condición de pobre y de siervo para mostrarnos el qué y el cómo del amor.

El amor lo hizo pobre, lo absorbió, no podía prestar atención a cosa alguna.

Dios es pobre porque Dios sólo es amor. Dios sólo sabe amar. Dios es caridad. Nada más.

Dándolo todo se hace como semejante al Padre, porque dándonos a su Hijo se quedó pobre.

«Señor, muéstranos al Padre y nos basta». (Jn 14,8).

Sólo somos ricos cuando Dios nos basta.

El sentimiento de la soledad es la toma de conciencia de todo el margen no espiritualizado, no personalizado, por tanto, de mi vida interior y de mi vida de relación. (E. Mounier)

 

10ª Meditación. Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos.

(Inciso: normalmente cuando un hombre quiere emprender una empresa importante, difícil, la primera reacción es el rechazo, que puede darse de muchas maneras. Esto es lo que nos ocurre cuando nos encontramos frente a unos Ejercicios Espirituales. Es normal, es natural, pero es peligroso. Hay que saber atravesar esa frontera, y a tiempo. Que no os engañe la pereza y la comodidad.)

Perdónanos nuestras deudas, así como nosotros perdonamos a nuestros deudores.[10]

Decía Ortega y Gasset que “yo soy yo y mi circunstancia”.

Yo.

Cuando me recojo con sinceridad y contemplo el camino de mi vida, desde la colina del hoy, no tengo más remedio que lamentar lo que esa trayectoria ha sido en sí. Mi historia es una historia de pecado. Mi nombre: pecador. Mi vida: pecado.

Mi vida es la bancarrota de la creación. Soy un insolvente. Mi deuda es impagable. Mi pecado es el mal de Dios. Mi deuda es mala. Mi pecado es el mal de Dios (San Agustín). No sólo alcanza al hombre, alcanza a Dios. Es un mal con alcance infinito. Todo en mí es deuda: el mal que he hecho, el bien que no he hecho, y lo mal que he hecho el poco bien que he hecho. Cuando se contempla la propia vida desde la teología, es para estremecerse.

Mi circunstancia.

El mal lo invade todo. Lo ha envenenado todo.

 «Este mundo está todo él en el maligno».  (1Jn 5,19).

Hoy, quien respeta la Ley de Dios, es una especie de hipócrita cuando no es un carcazo. Quien quebranta la Ley es un hombre liberado, maduro, hasta un héroe.

El avasallamiento del derecho natural y del derecho divino positivo se considera como una liberación, como una actitud de autenticidad.

Las virtudes se han vuelto locas: han perdido la honra. Se han prostituido. No hay ni buena educación. Los derechos se ha tiranizado y avasallan la justicia.

La libertad se ha desmadrado y ha abierto las compuertas de las cloacas.

Hoy, no solo el pecado se llama pecado, sino que se ignora. El pecado ha muerto. Hoy día, hablar de conciencia escrupulosa (delicada), estricta, te dicen que eres un psicópata o un fanático inmovilista.

La noche del pecado nos ha herido por dentro y envuelto por fuera.

Somos muy fáciles a las disculpas morales. Hay atenuantes, pero nosotros los exageramos. Demasiado fáciles a atenuantes y disculpas. Hemos caído en el sofisma roussoniano. «El hombre es bueno, la sociedad lo hace malo.» Una de las secuelas de nuestra condición pecadora es la diversión y la dispersión. Una miseria del hombre: necesita de diversión. El hombre tiende a vivir en la superficie (por el pecado) y dispersarse en la superficie.

El pecado es la dispersión del ser. Tritura al ser y lo ventea entre las criaturas.

Por tanto estoy hecho migas. Destrozado.

Divertirse: de apartarse hacia otro lado según Ortega y Gasset.[11]

Mi pecado fundamental va contra el primer mandamiento.

contra ti, contra ti solo pequé (Sal 50).

1º No amo a Dios.

2º Estoy dividido. (Disperso, me diluyo en las criaturas).

3º Soy legión, soy Babel. Legión de egoísmos, de corrupciones.

Dice Pascal:

«Si conocieras tus pecados, quedarías sin aliento. A medida que los expíes, los conocerás.»

No los conocemos como pecado, como mal de Dios. Por eso no nos dejaríamos matar antes que pecar. Me cuesta horrores no continuar amando el pecado. En la medida en que le digas no al pecado, te darás cuenta lo difícil que es salir de él.

Soy un forajido del amor divino.

Nuestra relación con Dios no es de justicia, es de amor.

El Dios de las misericordias.

«La virtud más grande que hay en el hombre es la caridad, y en Dios la misericordia». (Santo Tomás de Aquino).

La misericordia es atributo de Dios, caridad especialísima de Dios. Lo propio de Dios es perdonar porque Dios es la misericordia.

Aunque vuestros pecados sean como el rojo más vivo, yo los dejaré blancos como la nieve; aunque sean como tela teñida de púrpura, yo los dejaré blancos como la lana. (Is 1, 18).

Dios perdona. Siempre perdona. Setenta veces siete.

El ansia de Dios es perdonar. «Padre, perdónales porque no saben lo que hacen.» Colgado en la cruz, entre dolores terribles, abandonado del Padre[12].

Dios es perdón. El perdón de Dios es una necesidad en Él. El perdón no es un capricho de Dios. Ni una benevolencia, es necesidad imperiosa.

Dice san Agustín que «la misericordia de Dios es la debilidad de Dios.» A Dios lo podemos vencer. Cuando le abordamos por la misericordia, se ha de rendir.

Jesucristo nos descubrió el escondrijo por donde entrar en el castillo: la misericordia. Lo propio de Dios no es ser juez, es ser amor.

El perdón de Dios es singular, pues me ama con un amor infinito singular.

Dios no echa una capa sobre nuestros pecados, no hace como si no los viera. Cuando Dios perdona, destruye el pecado, de forma que es como si nunca hubiera existido. La sangre de Cristo lo purifica de tal modo.

Ser perdonado no es igual a borrón y cuenta nueva.

18 «Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. 19 Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros.' 20 Y, levantándose, partió hacia su padre».

«Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. 21 El hijo le dijo: “Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo.” 22 Pero el padre dijo a sus siervos: “Daos prisa; traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los pies. 23 Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, 24 porque este hijo mío había muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado.” Y comenzaron la fiesta.

Jesús quiere explicar el gran misterio del perdón de Dios con esta parábola. Fue una fiesta de resurrección. Estaba perdido y lo he encontrado. El suyo fue un abrazo de amor.

«Dios, el séptimo día de la creación, por fin descansó, cuando tuvo a alguien a quien perdonarle los pecados.» (San Ambrosio). Cuando pudo amar con misericordia. Dios me perdona y me ama porque él es bueno, no porque yo soy bueno.

«Me siento cristiano por la culpabilidad que me separa de Dios y por la fe en los medios que la Iglesia pone a mi alcance para recomenzarlo todo, sea cual fuere lo que yo haya cometido, a partir de una página en blanco». (Lo que yo creo, p. 19 François Mauriac).

Cuando salimos del confesionario es como si fuésemos creados de nuevo. La dificultad no está en que Dios me perdone. La dificultad estará en que yo no me arrepienta y en que sea capaz de creerme verdaderamente perdonado, y perdonado como Dios perdona.

El pecado es un misterio, pero el perdón de Dios es muchísimo más grande.

Nuestro arrepentimiento es como el del Hijo Pródigo: muy interesado. Y a la misericordia divina le basta un innoble arrepentimiento un simple arrepentimiento de atrición. ¡Qué mini-penitencias nos pone Dios!

Lo peor es la reiteración del pecado, y la reiteración sin lucha por nuestra parte. Por la ingratitud que lleva consigo la reiteración. Por la presunción que lleva consigo la reiteración. Esto es lo terrible.

Como Dios es misericordia infinita, que vaya utilizándola… No tendrá más remedio que perdonarme siempre.

No provoquemos la «ira del Cordero». Renovar cada día nuestro amor y nuestro propósito de no pecar.

Perdónanos nuestras ofensas así como nosotros perdonamos a los que nos ofenden.

No queremos destacar nuestra misericordia al decir esto, queremos decir. «Señor, gracias a ti, intento perdonar a mi deudor. Mira mi esfuerzo, tú que aceptas la buena voluntad de este leproso. Yo te suplico que emplees tu capacidad en perdonarme a mí».

El que nosotros perdonemos, no obliga a Dios a perdonar, pero si no perdonamos, Dios no nos perdonará. Es condición sine qua non. Es un mandamiento. Perdonar es renunciar a la venganza, absolver sin limitaciones, sin reservas, sin reticencias. Es olvidar todo y totalmente. Sin recodos. Estar dispuestos a hacerlo setenta veces siete.

El único mal que puede hacer el enemigo es provocar el desamor. Que no tengas la capacidad de reacción de la misericordia. Tentarte a que dejes de amarlo. El Ángel del Alcázar decía: «tirad, pero sin odio». Y Jesús desde la cruz: «Padre perdónales porque no saben lo que hacen». Este es el estilo cristiano.

Por lo tanto, gracias a tu falta de sinceridad, habrías ya logrado tu objeto, o sea demostrar tres cosas: primero: que eres inocente; segundo: que yo soy culpable, y tercero: que, por pura magnanimidad, no sólo estás dispuesto a perdonarme, sino también lo que es más o menos igual, a demostrar, y a pretender creerlo tú mismo, que yo, si bien contrariamente a la verdad, también soy inocente. (Cartas a su padre, F. Kafka).

Mi enemigo, ¿quién es? Mi enemigo, ¿es mi enemigo?

Para la del 3º 1ª, su enemigo es la del 2º 1ª. Porque ¿cuántas veces por una palabra hemos dicho que el otro es nuestro enemigo, sin serlo, o habiendo sido nosotros culpables?

La alegría de ser perdonado.

(Quedó pendiente)

11ª Meditación. No nos dejes caer en la tentación.

Y líbranos del mal.

En Rm 7,18, leemos:

18 Pues bien sé yo que nada bueno habita en mí, es decir, en mi carne; en efecto, querer el bien lo tengo a mi alcance, mas no el realizarlo, 19 puesto que no hago el bien que quiero, sino que obro el mal que no quiero. 20 Y, si hago lo que no quiero, no soy yo quien lo obra, sino el pecado que habita en mí.

21 Descubro, pues, esta ley: aunque quiera hacer el bien, es el mal el que se me presenta. 22 Pues me complazco en la ley de Dios según el hombre interior, 23 pero advierto otra ley en mis miembros que lucha contra la ley de mi razón y me esclaviza a la ley del pecado que está en mis miembros.

24 ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte? 25 ¡Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo nuestro Señor!

Todo nos incita a separarnos de Dios. El pecado nos persigue y nos subyuga desde la niñez. Todo nos invita a buscarnos a nosotros mismos. No hemos renunciado todavía a pronunciarnos ante la creación como Dios. Todo nos incita a la posesión, a la apropiación, debida e indebida. A poseer con espíritu de independencia. Todo nos incita a cerrar las manos, expresión de cerrar el corazón.

Por eso hemos de rezar la oración preferida de san Felipe Neri:

«Señor, desconfía de Felipe».

«No me dejes de la mano, porque el día que me dejes, te haré traición».

Nuestra vida está enferma. Nuestra enfermedad es el pecado. Está asediada de pecado. Estamos sembrados de pecado.

Todo tienta: riqueza y pobreza, salud y enfermedad, éxito y fracaso, amor y desamor.

Por ejemplo, la riqueza que abre paraísos imaginados de placer, por eso es tan difícil que un rico se salve. ¡Cómo nos independiza de Dios, nos hace huir de Dios también la pobreza! ¡Cómo nos descorazona, cómo nos irrita y hace salir de nosotros la envidia: no desearás los bienes ajenos! ¡Qué desagradecidos nos hace la salud para con Dios! ¡Cómo nos estimula la salud para continuar siendo pecador!

La enfermedad descorazona, irrita. «Si Dios me ama, ¿cómo permite que esté aquí, crucificado en este lecho?»

Los pecados son parásitos irreductibles humanamente, y se manifiestan así:

·        La envidia, es pecado común. Se puede pecar de muchísimas maneras, en la familia, en la comunidad.

·        La desesperación, el desánimo, los cambios de ánimo: las lunas. Luna llena, decreciente, menguante, ¡A ver qué luna trae hoy!...

·        Resentimiento: ¡Qué delicados! ¡Qué puntillosos!

·        El amor propio, desorbitado, alocado.

·        La pereza, el miedo, la cobardía.

·        El fariseísmo, la pedantería, el estrépito de nuestras violencias. impulsos y reacciones violentas.

·        La codicia, la disipación, la tibieza, la frialdad. Deshumanización en lo mental (nuestros juicios) y en lo cordial.

·        La frivolidad, la rutina. El patetismo tremendista que es el verdugo de la esperanza.

·        La tentación no trae nada nuevo a nosotros. No hace más que evidenciar lo que hay en nosotros. Descubre lo que estaba escondido.

Padre es la voz de la libertad. El Padre nuestro es un camino de libertad y de liberación. Es un éxodo de nuestra esclavitud. El Padre nuestro nos eleva. Cuando digo Padre nuestro con toda sinceridad, niego la filiación maldita de hijos de Belcebú. Me libero de la esclavitud de las criaturas. Hace que me encuentre con mi verdadero rostro.

La vida del hombre es una lucha por la libertad. Hay en nosotros una necesidad de luchar por la libertad, que nace de de aquél niño inocente que está dentro de nosotros intentando no morir.

Pero muchas veces el hombre no sabe lo que quiere, no sabe querer o no quiere querer.

La verdadera libertad no es la situación de liberto. La libertad que nos trae Dios, es la libertad de los hijos de Dios.

De modo que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero por voluntad de Dios. (Ga 4,7).

Para ser libres nos ha liberado Cristo. (Ga 5,1).

31 Decía, pues, Jesús a los judíos que habían creído en él: «Si os mantenéis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, 32 y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres.» (Jn 8).

Pero no nos bastan los derechos humanos, están también los derechos divinos, que hemos adquirido por ser creados por Dios y por ser hijos de Dios.

Y esos son los más avasallados.

“Líbranos del malo.”

Sartre define el mal de dos maneras: “El no-ser del ser, y el ser del no-ser.”

El malo es el ser del no-ser. El mal es el no-ser del ser.

Dice san Agustín que «el mal es la carencia de un bien debido». En un niño no es un mal que no tenga cuernos, porque no es un bien debido. Pero es un mal el que no tenga ojos.

El mal es carencia de bien debido: el no-ser del ser. El no-ser es desvestir al ser, matar al ser.

El malo, el ser del no-ser, es fuente del mal. El ser causa eficiente del no-ser que es el mal.

El malo es el mal personificado. El mal sustantivo, presente y actuante.

En la parábola del sembrador, Mateo le llama el maligno (Mt 13,18), Marcos le llama Satanás (Mc 4,15) y Lucas lo llama el diablo (Lc 8,12).

Durante la cena, cuando ya el diablo había puesto en el corazón a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarle… (Jn 13).

Entonces Satanás entró en Judas (Lc 22).

30 No hablaré ya mucho con vosotros, porque viene el príncipe de este mundo (Jn 14).

El mal es el pecado, es la consecuencia de ese vacío del pecado. El mal es la negación del bien es decir el infierno.

Seducciones del malo y del mal

(Del ritual del Bautismo)

·        El creeros los mejores.

·        El veros superiores a los demás.

·        El estar muy seguros de vosotros mismos.

·        El creer que ya estamos convertidos del todo.

·        El quedaros en las cosas, métodos y reglamentos, medios e instituciones y no ir a Dios.

No hacerse hombres de oración, de mortificación y no ser hombres de apostolado cada día. La pena es que los padrinos no se lo recordarán.

Existen dos filiaciones: hijos de Dios y del diablo.

44 Vosotros sois de vuestro padre el diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre. Éste era homicida desde el principio, y no se mantuvo en la verdad, porque no hay verdad en él; cuando dice la mentira, dice lo que le sale de dentro, porque es mentiroso y padre de la mentira. (Jn 8).

Hay en nosotros semillas del diablo y de Dios. Sembradas en un terreno óptimo para su germinación: porque es una naturaleza caída, desordenada, de pecado.

Y hay semillas de las gracias actuales.

El poderío del diablo crece en la medida en que se niega su existencia.

Decía Papini que «la gran victoria del diablo es que no se hable de él».

Crece en la medida en que se ridiculiza su aceptación. Es el enmascaramiento que él utiliza. Crece cuando se expanden sus técnicas y afanes: técnicas de corrupción, de subversión, de trasvase ideológico, de revolución.

para los incrédulos, cuyo entendimiento cegó el dios de este mundo para impedir que vean el resplandor del glorioso Evangelio de Cristo, que es imagen de Dios. (2Co 4).

Está actuando hoy, aquí y ahora.

Ha asistido a los ejercicios espirituales. No duerme, no se despista nunca, no necesita reposo. Es el príncipe de este mundo, el príncipe de este hombre. Dueño y señor de las masas e individuos. Solo Cristo puede vencer al diablo. Nosotros lo vencemos en Cristo.

Su técnica es variopinta. Lo característico del diablo es la confusión. Pablo VI lo denuncia en la homilía de la solemnidad de los santos Pedro y Pablo de 1972[13].

También la negación, la negación del Creador. Nos lleva a negar teórica y prácticamente al Creador.

Establece el desorden en la creación, el desorden moral: ridiculiza la virtud, tergiversa el bien y la verdad, introduciendo la mentira.

Instiga la guerra, la rebelión y la anarquía. A todo nivel. La guerra y las guerritas. Enfrentar a los hijos con los padres, a los esposos entre sí. Y también en la comunidad cristiana. Es un lioso por naturaleza. Hay que constatarlo. Está en todo el mal que hacemos. En nuestros juicios retorcidos, en nuestros celos, rencores, frialdades. En nuestros «pelillos» de amor propio.

Instiga la dispersión de mente, corazón y voluntad.

Instiga la multiplicidad que lleva al caos. Multiplicidad de criterios y enfrentamiento de criterios.

No nos podremos librar nunca del diablo. Por eso está en el Padre nuestro. Todas las guerras son de origen diabólico. Lo mismo las enfermedades, y una que le encanta al diablo es la locura.

La historia del hombre es una batalla. «Milicia es la vida del hombre sobre la tierra». (Job 7,1).

El lugar de la batalla es el hombre. Es el terreno donde se despliega la batalla. Los ejércitos que se enfrentan: Dios y Satanás. Es la lucha de Dios contra Satanás en el terreno del individuo. Pero es un terreno activo.

12 Porque nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra los dominadores de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en el aire.13 Por eso, tomad las armas de Dios, para que podáis resistir en el día funesto, y manteneros firmes después de haber vencido todo. (Ef 6).

Esto no es un juego de niños. Luchamos contra espíritus que son insuperables. No hay otra espada más que la cruz de Cristo.

La Encarnación es el descenso de Dios al terreno de batalla.

La batalla se entabla en el terreno del ser o no ser.

Ser de Dios o no ser de Dios. Ser dioses o no ser dioses. Ser de Dios o ser del maldito. Ser libres o ser esclavos. Ser amor o ser odio.

Líbranos del mal.

En el mundo hay muchos males. El mal auténtico es el pecado. El mal por excelencia es no amar a Dios. El no amar suficientemente a Dios.

El infierno es el mantenimiento eterno de no amar a Dios.

"Cuando yo era joven vivía con la idea de mi inocencia, es decir, sin ninguna idea. No soy del género de los atormentados, yo empecé bien. Todo me salía como es debido, estaba a mi gusto en el terreno de la inteligencia y mucho más en el de las mujeres. Si tenía alguna inquietud se iba como había venido. Un día empecé a reflexionar...

Tengo que advertirle que yo no era pobre como usted. Mi padre era abogado general, que es una buena situación. (...) Cuando cumplí los diecisiete años mi padre me invitó un día a ir a oírle. Se trataba de un asunto muy importante en los tribunales y seguramente él creyó que quedaría muy bien a mis ojos. Creo también que contaba con que este acto, propio para impresionar a las mentes jóvenes, influiría en mí para decidirme a elegir la misma carrera que él había seguido".

(...) "Sin embargo no conservo de ese día más que una sola imagen: la del culpable. Yo creo que era culpable, realmente, poco importa de qué. Pero aquel hombrecillo de pelo rojo y ralo, de unos treinta años, parecía tan decidido a reconocerlo todo, tan sinceramente aterrado por lo que había hecho y por lo que iban a hacerle, que al cabo de unos minutos yo ya no tuve ojos más que para él. (...) No escuchaba nada de lo que decían: sentía solamente que querían matar a aquel ser viviente y un instinto, formidable como una ola, me llevaba a ponerme de su lado, con una especie de ceguera obstinada. No me desperté de este delirio hasta que empezó mi padre la acusación".(...)

"Comprendí que estaba pidiendo la muerte de aquel hombre en nombre de la sociedad, y que incluso pedía que le cortasen el pescuezo".(...)

"Creerá usted que voy a decirle que me fui de casa enseguida. Pues no, me quedé todavía varios meses, casi un año. Pero tenía el corazón enfermo. Una noche mi padre pidió el despertador porque tenía que levantarse temprano. No dormí en toda la noche. Al día siguiente cuando volvió ya me había ido. Tengo que añadir que mi padre me hizo buscar, que fui a verle y que sin más explicación le dije tranquilamente que si me obligaba a volver me mataría".(...)

"Cuando murió me llevé a mi madre conmigo, y conmigo estaría si no hubiera muerto".(...)

"Conocí la pobreza a los dieciocho años, saliendo de la abundancia. Hice mil oficios para ganarme la vida y eso no me salió demasiado mal. Pero seguía obsesionándome la sentencia de muerte. Quería saldar las cuentas del búho rojo y, en consecuencia, hice política, como se dice. No quería ser un apestado, esto es todo. Llegué a tener la convicción de que la sociedad en que vivía reposaba sobre la pena de muerte y que combatiéndola, combatía el crimen".(...)

"Naturalmente, yo sabía que nosotros también pronunciábamos a veces graves sentencias. Pero me aseguraba que esas muertes eran necesarias para llegar a un mundo donde no se matase a nadie".(...)

"Hasta el día en que tuve que ver una ejecución (fue en Hungría) y el mismo vértigo que me había poseído de niño volvió a oscurecer mis ojos de hombre".(...)

"Al fin comprendí, por lo menos, que había sido yo también un apestado durante todos esos años en que con toda mi vida había creído luchar contra la peste. Comprendí que había contribuido a la muerte de miles de hombres, que incluso la había provocado, aceptando como buenos los principios y los actos que fatalmente la originaban. Los otros no parecían molestos por ello, o, al menos, no lo comentaban nunca espontáneamente. Yo tenía un nudo en la garganta. Estaba con ellos y sin embargo estaba solo".(...)

"Desde entonces no he cambiado. Hace mucho tiempo que tengo vergüenza, que me muero de vergüenza de haber sido, aun que desde lejos y aunque con buena voluntad, un asesino yo también. con el tiempo me he dado cuenta de que incluso los que eran mejores que otros no podían abstenerse de matar o dejar de matar, porque está dentro de la lógica en que viven, y he comprendido que en este mundo no podemos hacer un movimiento sin exponernos a matar. Sí, sigo teniendo vergüenza, he llegado al convencimiento de que todos vivimos en la peste y he perdido la paz. Ahora la busco, intentando comprenderles a todos y no ser enemigo mortal de nadie. Sé únicamente que hay que hacer todo lo que sea necesario para no ser un apestado y que sólo eso puede hacernos esperar la paz o una buena muerte a falta de ello. Eso es lo único que puede aliviar a los hombres y si no salvarles, por lo menos hacerles el menor mal posible y a veces incluso un poco de bien".(...)

"Por eso me he decidido a rechazar todo lo que, de cerca o de lejos, por buenas o por malas razones, haga morir o justifique que se haga morir. "Por esto es por lo que no he tenido nada que aprender con esta epidemia, si no es que tengo que combatirla al lado de usted. Yo sé a ciencia cierta (sí, Rieux, yo lo sé todo en la vida, ya lo está usted viendo) que cada uno lleva en sí mismo la peste, porque nadie, nadie en el mundo está indemne de ella. Y sé que hay que vigilarse a sí mismo sin cesar para no ser arrastrado en un minuto de distracción a respirar junto a la cara de otro y pegarle la infección. (La Peste, Albert Camus)

Somos peligrosos.

Cuando me pongo a contemplar el amor que nos tenemos me pongo a temblar. Hay en nosotros suficiente mal como para que esto se hunda en 24 horas. Basta que uno empiece a echar chispas.

La peor tentación es querer estar sin Dios: el orgullo. El orgullo es padre del desamor, es padre del antiamor. Las largas horas que vivimos sin Dios, manifiestan nuestro orgullo.

De ahí la importancia de la presencia de Dios.

Amén

El Padrenuestro tiene esa palabra para terminar. Empieza por Padre: definición de Dios, y acaba con Amén: define lo que tenemos que ser.

Padre dice todo lo que Dios es esencialmente.

Así sea, que se cumpla el Padre nuestro en nuestra vida.

Amén es síntesis de vida, amor y fidelidad. La primera exigencia del amor es la fidelidad. Acaba como empieza María: Fiat.

Amén es decir sí a Dios. Es soltar amarras y salir mar adentro. Es aceptar la llamada de Cristo y ponerse en marcha. Es tomar una actitud sólida.

Amén significa también negarse a sí mismo, rendirse a Dios. No trazar ya caminos, aceptar la senda señalada: “Yo soy el camino”.

Amén es un acto de fe, esperanza y caridad.

Esa fe capaz de soportar dudas. Esperanza: “Yo sé bien de quién me he fiado.”

Amén es saberse enamorado de Dios.

Amén es manifestativo de la superación de la etapa de las opiniones para entrar en la de las convicciones.

Resumiendo todo el Padre nuestro, Amén es reconocimiento inmensamente gozoso que nos hace gritar «¡aleluya!, Dios lo es todo y yo no soy nada. Quiero llenarme de Dios. Todo depende de Dios».

Que nos ayude la Virgen santísima.



[2] ....We come, like Jacob, in the dark, and lie down with a stone for our pillow; but when we rise again, and call to mind what has passed, we recollect we have seen a vision of Angels, and the Lord manifested through them, Sermons Parochial and Plain, vol 4, #17

[3] Cfr. Punto 2807 del Catecismo de la Iglesia Católica.

[4] Cfr. 1Co 1,22

[5] En la agonía de la madre del padre Ginés, pensó que si no amase tanto, no sufriría tanto.

[7] La Biblia de Jerusalén dice: “Me siento apremiado por ambos extremos. Por un lado, mi deseo es partir y estar con Cristo”

[8] Je suis réconcilié avec moi-même, avec cette pauvre dépouille. Il est plus facile que l’on croit de se haïr. La grâce est de s’oublier. Mais si tout orgueil était mort en nous, la grâce des grâces serait de s’aimer humblement soi-même, comme n’importe lequel des membres souffrants de Jésus-Christ. (La traducción es nuestra.)

[9] Cfr. 2Co 4,7

[10] En el momento de predicarse estos Ejercicios, la fórmula usada del Padrenuestro todavía era con la palabra ‘deuda’. Hemos preferido poner en el título la fórmula actual, que es más universal y apropiada.

[11] «Divertirse es apartarse provisionalmente de lo que ordinariamente se es, evadirnos de nuestro mundo a otro.»

[12] El abandono del Padre es el sufrimiento del infierno.

[13] Come è avvenuto questo? Il Papa confida ai presenti un suo pensiero: che ci sia stato l’intervento di un potere avverso. Il suo nome è il diavolo, questo misterioso essere cui si fa allusione anche nella Lettera di S. Pietro. Tante volte, d’altra parte, nel Vangelo, sulle labbra stesse di Cristo, ritorna la menzione di questo nemico degli uomini. «Crediamo - osserva il Santo Padre - in qualcosa di preternaturale venuto nel mondo proprio per turbare, per soffocare i frutti del Concilio Ecumenico, e per impedire che la Chiesa prorompesse nell’inno della gioia di aver riavuto in pienezza la coscienza di sé. (Completa en http://www.vatican.va/holy_father/paul_vi/homilies/1972/documents/hf_p-vi_hom_19720629_it.html )